Gravitas

Piratas del voto

Piratas del voto
Johnny Nogales Viruez | Abogado
| 2026-09-14 06:04:36

Los candidatos creen contratar asesores para ganar una elección, pero a veces terminan entregándoles algo más importante que una campaña. Terminan cediéndoles su propia identidad.

El asesor ausculta el humor colectivo, estudia los temores, fabrica un enemigo y decide qué emoción explotar. Pero su primera labor es ganarse la confianza del candidato. El recurso infalible es llenarlo de loas y exaltar sus muchas virtudes.

Si triunfa, se atribuye la victoria. Si fracasa, desaparece, muchas veces a bordo del primer avión.

Bolivia ofrece tres ejemplos.

Luis Fernando Camacho alcanzó proyección nacional porque encarnó la resistencia contra Evo Morales. Su fuerza provenía de la autenticidad y valentía que muchos encontraron en él durante la crisis de 2019.

Por eso resultó contradictoria la incorporación de Wálter Chávez a su entorno. El peruano había trabajado años cerca de Evo. Su país solicitó su extradición por presuntos vínculos con el MRTA, acusaciones que Chávez negó. Bolivia rechazó el pedido por su condición de refugiado.

Su llegada no fue políticamente neutra. Para muchos que habían depositado su esperanza en Camacho, representó el abandono de los valores que éste había encarnado y fue interpretada como una traición. La contradicción enturbió su imagen y deterioró su liderazgo.

Jaime Durán Barba llegó a la campaña de Tuto Quiroga con un método claro. Leyó con acierto el rechazo al MAS y convirtió a cada rival en un masista encubierto. El ecuatoriano sembró dudas sobre Manfred Reyes Villa y después sobre Samuel Doria Medina. Redujo la elección a una confrontación entre supuestos aliados del MAS y posicionó a su candidato como el único adversario. ¡Listo, ganamos! Nunca imaginó que su trabajo beneficiaría a Rodrigo Paz, entonces relegado a un esmirriado porcentaje.

La estrategia desplazó competidores, pero dejó heridas difíciles de cerrar. En el caso de Samuel, la guerra sucia alcanzó niveles denigrantes y convirtió una competencia política en una agresión personal.

Cuando Rodrigo Paz apareció en el primer lugar, pintarlo de azul ya no alcanzó. Para la segunda vuelta, Tuto necesitaba a los electores de Samuel y debía reconstruir la unidad liberal antes desechada. Pero no era posible dinamitar la confianza en la primera vuelta y restaurarla en la segunda. Terminó prisionero de su estrategia.

El tercer caso es el más inquietante.

Fernando Cerimedo se presentó como artífice de la victoria de Rodrigo Paz y alcanzó una notable cercanía al poder. Durante la campaña, Paz explicó su presencia diciendo que era profesor de su hija. Después reconoció que el argentino colaboró en la segunda vuelta y al inicio del Gobierno.

Los hechos no sostienen que haya sido el puntal del triunfo. Paz ganó la primera vuelta antes de que, según su explicación, Cerimedo comenzara a colaborar con él. Edmand Lara le permitió llegar a un electorado popular huérfano por el derrumbe del MAS. Luego recibió el respaldo de Samuel Doria Medina y se benefició del voto evista, reconocido por Morales como apoyo al “mal menor”.

Los bots pudieron amplificar mensajes, pero en este caso no se puede afirmar que hayan creado las condiciones decisivas para el éxito.

La exageración sobre el poder del asesor no es inocente. Cuando un candidato cree que alguien lo hizo Presidente, puede permitir que se comporte como acreedor de su victoria y se convierta en confidente indispensable. La asesoría deja de ser un servicio y se transforma en la puerta de ingreso al Estado.

A estos operadores los llamo piratas del voto.

No tienen bandera ni convicciones reconocibles. Sirven al cliente que pague más o resulte más conveniente, sin importar su signo político. Pueden trabajar para un proyecto y después ayudar a destruirlo. Su lealtad no es con las ideas ni con el país; es con el contrato.

Tampoco reconocen límites morales, aunque no todos utilizan las mismas armas. Unos emprenden campañas de demolición de reputaciones. Otros difunden filtraciones falsas, operan cuentas títere que se presentan como ciudadanos reales y coordinan redes para simular respaldo espontáneo. Seleccionan los datos que favorecen su relato y explotan el miedo o la indignación para debilitar el juicio crítico. Si necesitan denigrar a una familia, lo hacen. El daño es apenas un efecto colateral de su método.

Los bots convencen mediante la simulación. Fabrican multitudes y repiten mentiras hasta convertirlas en tendencia. Buscan alterar el ambiente en el que los ciudadanos deciden.

El problema no es que estos asesores sean extranjeros, sino que no responden ante el país cuyas emociones manipulan. Cobran y se marchan, sin importarles la polarización que dejan. Y cuando se quedan es peor, porque comienzan a cobrarse desde el poder los servicios prestados.

Bolivia necesita transparentar quién asesora a cada candidato, cuánto cobra y quién paga. Es de esperar que los anunciados proyectos de modificación del marco electoral sean claros al respecto. Debe conocerse el gasto digital y sancionarse el empleo de redes automatizadas para tergiversar la realidad. La fabricación y difusión de videos, audios o identidades falsas reproducen, en el mundo digital, la lógica de la falsedad material y del uso de instrumento falsificado. Si las normas vigentes no alcanzan para sancionarlas, corresponde adecuarlas a esta nueva forma de adulterar la verdad.

La libertad de expresión protege el derecho a opinar, no a suplantar identidades ni a fabricar multitudes para engañar.

Pero ninguna norma sustituirá la responsabilidad de los candidatos. Son ellos quienes contratan y aprovechan estas prácticas. No pueden celebrar la manipulación durante la campaña y declararse víctimas cuando el manipulador está en la vereda contraria.

Si la voluntad ciudadana ha sido inducida por falsedades y multitudes inexistentes, el voto puede llegar contaminado al escrutinio. Eso deforma la voluntad colectiva.

El mayor peligro no es que el pirata del voto se proclame dueño de una victoria. Es que el candidato termine creyéndole y, al dejarse manipular, le entregue parte del poder que le fue conferido por los ciudadanos.

Cuando la política terceriza la verdad y pone la victoria por encima de la moral, la democracia termina gobernada por la mentira.

Johnny Nogales Viruez | Abogado