Tribuna

El ocaso de los estadistas

El ocaso de los estadistas
Mario Malpartida - Periodista | Periodista
| 2026-09-14 06:02:46

En los últimos cincuenta años, la carrera a la Presidencia del país es dominio de agrupaciones políticas preparadas en tácticas para agrupar mayorías rápidas, conectadas con intereses económicos, pues, para los aportantes de las campañas, los recursos que exponen son una inversión. Prevalece la politiquería y la accidentada competencia democrática.

Y, como se fueron deformando las cosas, hoy en día son escasos los ciudadanos que preguntan, por ejemplo, de qué escuela económica es el candidato, con qué corrientes de pensamiento se identifica, a qué ideas se adscribe, cuál es la ventaja aplicativa que tiene su plan económico y cuáles son las condiciones para abordar los desafíos que caracterizan la realidad nacional.

La mayoría de los electores se limita a preguntar si el candidato es, políticamente, de izquierda o de derecha, progresista, socialista, neoliberal o libertario, incluido el indefinido aspirante "centrista", que acaba por ser un personaje híbrido y polifacético, una mezcolanza de normas y acciones, que grita en contra del opositor, pero convive con él, según sea la conveniencia pragmática.

Las agrupaciones partidarias, con la cultura política erosionada, están lejos de postular a un político con dotes de estadista. El estadista es una rareza.

Por eso mismo, cuando los elegidos asumen los cargos, además de devolver favores, aprovechan su maquinaria política para negociar la burocracia. Consideran perentorio resolver problemas coyunturales; el tiempo y los recursos escasos se destinan a atender emergencias, así sea con soluciones parche. Los asuntos estructurales, aquellos que transforman de fondo, quedan siempre en segundo plano.

Es posible que, por tales razones, no se necesiten estadistas en las listas de candidatos. Porque los estadistas, lejos de ser inmediatistas, son mucho más que simples políticos: son líderes con habilidades para enfrentar la crisis, visionarios del mundo que dejarán mañana.

La diferencia clave de un estadista radica precisamente en la capacidad de pensar y actuar más allá de los resultados inmediatos; tener el coraje para imponer una mirada más larga y conseguir que los ciudadanos la acepten.

Sin embargo, para los bolivianos, siguiendo las reglas del sistema, es suficiente ser "buen político", gobernador, empresario o alcalde —en algún caso, bachiller—; no tienen mayores exigencias. Si bien buscan un mejor futuro, se equivocan con frecuencia al escoger la alternativa.

Bajo esa premisa, se eligen mandatarios, diputados y senadores. De manera que, repitiendo la historia, la gobernanza actual está atrincherada en su propio relato, dedicada a endosar sus deficiencias al pasado, actitud que ayuda a tolerar la persistencia de errores e incurrir, paradójicamente, en aquello que afirma combatir, sin lograrlo.

Es apremiante que, para mantener su vigencia, deba recalibrar su gestión: rodearse de personas que sepan hacer bien lo que se necesite hacer, superar sus indecisiones y ser oportuno y cabal ante la magnitud de los problemas.

"La forma de empezar es dejar de hablar y empezar a hacer". (Walt Disney).

La expectativa de las mayorías es que pronto suceda un cambio de ruta y que llegue, por fin, la madurez; que haga entender a los mandatarios que se gobierna con el otro, no en contra del otro. Porque su acentuada destemplanza está cediendo demasiados espacios al desorden, la anarquía y la prepotencia de los estamentos, con ganas de que el Gobierno naufrague.

Mario Malpartida - Periodista | Periodista