A los cruceños se les puede acusar de casi todo, menos de ser una sociedad dormida. Santa Cruz es inquieta, emprendedora, contradictoria y difícil de domesticar. Esa vitalidad resulta cáustica para algunos. De ahí las críticas recurrentes: poco cultos, demasiado regionalistas, excesivamente orgullosos de sus símbolos y, sobre todo, intolerantes.
Quienes hablan de falta de cultura suelen ser los mismos que recitan de memoria a Marx o repiten las viejas teorías de la dependencia —fórmulas de otro siglo que explican la pobreza boliviana— mientras Santa Cruz, supuestamente ignorante, sigue siendo el motor económico del país y el polo que atrae inversión, negocios y gente dispuesta a trabajar.
Por otro lado, existe una intolerancia que conviene entender antes de condenarla. Santa Cruz es una sociedad abierta e integrada, construida sobre migraciones y comercio, sobre gente que llegó de todas partes buscando una vida mejor. Esa apertura, sin embargo, nunca significó estar dispuestos a entregar todo a quien llega con la intención de imponer otra forma de vivir.
Santa Cruz desconcierta a quienes la interpretan desde teorías importadas. El cruceño defiende con intensidad sus banderas, tradiciones, música y fiestas, algo que ciertos intelectuales leen como provincianismo. Para esas mentes globalistas, defender lo propio con firmeza puede parecer primitivo.
Pero conviene mirar qué les ha pasado a las sociedades que se creyeron demasiado tolerantes. Europa, cuna de buena parte del aporte civilizatorio a la humanidad, se dejó arrastrar por ideologías que la hundieron en tragedias hoy estudiadas como advertencia. Superada esa historia, enfrenta ahora nuevos desafíos de identidad y convivencia. La apertura sin límites puede debilitar justamente aquello que pretende proteger. La lección no es dejar de ser abiertos, sino no confundir apertura con renuncia a lo propio.
Los cruceños nunca se entregaron al MAS, el proyecto destructivo que dominó Bolivia durante veinte años. Mientras el masismo se instalaba en buena parte del país, aquí encontró resistencia persistente: Santa Cruz siempre ha desconfiado del centralismo, el estatismo y la concentración de poder, elementos que los masistas llevaron al extremo.
Una sociedad que discute, protesta y defiende lo suyo puede parecer conflictiva. Pero posee algo que otras han perdido: capacidad de reacción. La pregunta relevante no es por qué los cruceños son intolerantes, sino qué ocurre cuando una sociedad deja de serlo frente a todo, cuando ya no distingue entre convivencia y sometimiento, entre apertura y renuncia, entre tolerancia y resignación.
Esa actitud vigilante, que algunos leen como cerrazón, es lo que ha permitido a Santa Cruz sobrevivir, crecer y diferenciarse, incluso al precio de cargar con las críticas de quienes prefieren seguir la corriente. Ser señalado como intolerante por no entregarse fácilmente no es un defecto: es el costo de no volverse un pueblo dócil, moldeable a voluntad ajena.
Santa Cruz puede ser hospitalaria sin ser ingenua. Abierta sin perder identidad. Y puede recibir al mundo sin dejar que el mundo le quite aquello que la hizo Santa Cruz.