Existe una tesis bastante curiosa para explicar por qué el Gobierno se resiste a sacar de sus filas a los masistas que, según sus propias denuncias, siguen saqueando el país como en los mejores tiempos de Evo Morales y Luis Arce. Los sesudos análisis sostienen que Rodrigo Paz estaría intentando destruir al MAS desde adentro, mediante una especie de evangelización de sus bases incrustadas en el aparato estatal: rehabilitarlos, desintoxicarlos de 20 años de corrupción y mañas, y convertirlos en fervientes seguidores del nuevo Gobierno. La teoría es audaz y upone que cientos de miles de funcionarios abandonarán su devoción por el cocalero, dejarán de pedir su retorno y, después de semejante proceso de conversión política, terminarán inclinándose por Rodrigo. El problema es que nadie sabe qué ocurrirá primero: si estos funcionarios dejarán al país en pie, si realmente se convertirán o, lo más probable, si harán exactamente el trabajo inverso. Porque transformar al actual Gobierno en un MAS 3.0, renovado, reciclado y recargado, podría resultar mucho más sencillo que evangelizar a quienes llevan dos décadas destruyendo “la Patria”, como dice Rodrigo.