Tribuna

Europa gana lo que Estados Unidos aleja

Europa gana lo que Estados Unidos aleja
Oscar Antezana Malpartida | Columnista
| 2026-09-21 01:31:29

Durante décadas, Estados Unidos tuvo una ventaja que iba mucho más allá del tamaño de su economía: sus aliados querían comerciar con él, invertir en él y formar parte del sistema internacional que Washington había ayudado a construir. Donald Trump está intentando utilizar esa dependencia como instrumento de poder. Pero comienza a aparecer una paradoja: cuanto más presiona a sus socios, mayores son sus incentivos para depender menos de EE.UU.

Canadá acaba de proporcionar el ejemplo más sorprendente.

El 16 de septiembre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, abrió la puerta para que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la Unión Europea. El estatus todavía no existe formalmente y deberá ser definido y aprobado por los países miembros. Pero el simbolismo geopolítico es enorme.

Canadá no es cualquier país. Es vecino de Estados Unidos, miembro del G7, aliado en la OTAN y una de las economías más profundamente integradas con la estadounidense. Ahora busca acercarse mucho más a Europa.

Bruselas propone avanzar desde el Acuerdo Económico y Comercial Global entre Canadá y la Unión Europea (CETA, por sus siglas en inglés) hacia una “Alianza para el Futuro”: un espacio común de prosperidad y seguridad económica que abarcaría manufactura avanzada, tecnología, defensa, energía, minerales críticos, baterías, inteligencia artificial, computación cuántica, ciberseguridad y el Ártico. Desde la entrada en vigor provisional del CETA, el comercio de bienes entre Canadá y la UE ha aumentado un 75%.

El primer ministro canadiense, Mark Carney, acogió este jueves favorablemente la ambición europea, aunque evitó adoptar formalmente la expresión “miembro asociado”. Su mensaje fue más importante que la etiqueta: “Europa y Canadá son fuertes. Europa y Canadá son aún más fuertes juntos”. Agregó que “estrechar vínculos con la UE no tiene como objetivo crear un nuevo bloque geopolítico ‘con mejores modales’… no buscamos el poder para dominar a otros. Por el contrario, perseguimos la resiliencia para que nadie pueda controlar nuestros mercados abiertos, menoscabar nuestra soberanía, amenazar nuestra integridad territorial o socavar nuestras libertades, nuestras democracias y nuestro Estado de derecho”.

Aquí aparece el posible efecto contrario al buscado por la política comercial de Trump. Su estrategia parte de una lógica sencilla: EE.UU. posee un mercado gigantesco y puede utilizar el acceso a él para obtener concesiones. Los aranceles se convierten así en instrumentos de negociación y presión. Pero el poder económico no depende solamente de cuánto puede castigar una potencia. También depende de cuánto confían otros países en la estabilidad de sus reglas.

Canadá ofrece una señal reveladora. En 2025, sus exportaciones de bienes hacia EE.UU. cayeron en C$29.400 millones, mientras las dirigidas al resto del mundo aumentaron C$27.600 millones. Y en julio de 2026, las exportaciones hacia mercados distintos de EE.UU. alcanzaron un récord de C$25.600 millones, equivalente al 33,7% del total. Esto no significa que Canadá esté abandonando a EE.UU. La integración entre ambas economías es demasiado profunda. Significa algo más sutil: está diversificando.

La reacción de Trump puede reforzar precisamente ese movimiento. Tras conocer la propuesta europea, amenazó con imponer fuertes aranceles a la UE o restringir parte del comercio si considera la asociación con Canadá un acto hostil. Carney respondió que nadie decidirá por Canadá con quién puede alcanzar acuerdos internacionales. Ahí reside el riesgo del efecto contrario: Washington presiona a un aliado; el aliado busca alternativas; Washington responde con más presión; y esa presión aumenta todavía más el incentivo para diversificarse. Mientras tanto, Europa ofrece algo diferente y capitaliza la incertidumbre.

La UE es lenta, burocrática y frecuentemente frustrante. Pero esa aparente debilidad contiene una fortaleza inesperada: sus reglas son difíciles de cambiar. Ningún presidente europeo puede alterar unilateralmente la política comercial de 27 países de la noche a la mañana. En un mundo inestable, la previsibilidad adquiere valor geopolítico.

Esto no significa que EE.UU. esté aislado. Continúa ocupando una posición central en la economía mundial, y Europa tampoco está libre de problemas. Pero la dirección del cambio merece atención. Si sus aliados comienzan a considerar la dependencia económica de Washington como un riesgo estratégico, esa ventaja puede erosionarse gradualmente.

La imagen resulta difícil de ignorar: Trump habló de Canadá como posible estado 51 de EE.UU. Europa acaba de abrirle la puerta para convertirse en su primer miembro asociado. Trump quiso utilizar la dependencia económica para aumentar el poder de EE.UU. Europa difícilmente podría haber recibido un regalo geoeconómico mejor.

Oscar Antezana Malpartida | Columnista