Era 1937. El país salía vendándose las heridas de la guerra del Chaco. Santa Cruz languidecía lejos del centro de Bolivia y contaba con entre 18.000 y 25.000 habitantes. Sus calles arenosas, marcadas por el paso de los carretones, absorbían el sofocante calor con resignación. Los chicos correteaban descalzos, pateando pelotas de trapo. Las casas, precarias casi todas, mantenían las ventanas y puertas abiertas, con la esperanza de que el aire, al soplar hacia adentro, refrescara los ambientes interiores. Las chicas de ese entonces vestían tipoy, caminaban ocultando sus preciosos rostros con sombreros de saó. Sus pícaras sonrisas se convertían en tímidas tosecitas cuando pasaba algún gallardo mozo al que miraban de soslayo. Él, aguilillo enamorado, volteaba para verlas pasar, sonriendo también, sin atreverse a hablar porque las hermosas fulanitas eran hijas de don Torcuato, famoso por bravo y peleador.
En ese ambiente bucólico, un día llegó un colla agarrado de su guitarra y transpirando la gota gorda. Como entonces no era habitual ver extraños, la pasó de película, porque lo invitaban a todas partes y él cantaba; al principio, cuecas y huayños traídos del altiplano, o boleros copiados de las películas mexicanas que por esa época hacían furor en los incipientes cines Roma o París de nuestra ciudad. Pero el colla, que había venido de visita “por una semana”, terminó quedándose un mes, que bastó para terminar enamorándose de una peladinga y… del “poblau”: “Cunimicita, linda que tienes / ojos de guapurú / dame el encanto de tu boquita / dulce de achachairú…”. Así compuso un taquirari, sin saber que el tiempo lo inmortalizaría, sellándolo como originario de Santa Cruz.
“Perfumada brisa / que llegó del arenal / trayendo sonrisa / de una boquita oriental”, cantaba su composición don Gilberto Rojas. Así se llamaba este colla payador enamorado, que había nacido en Oruro, pero vivía en La Paz. “Labios de ensueños / bellos pétalos en flor / del jardín cruceño / yo sería el picaflor…”. Y así, no había día en que no compusiera una canción que, al mismo tiempo, era también un poema de amor por la mujer cruceña o por la región de la que estaba prendado el orureño cantautor. Compuso muchas otras piezas más, pero llegó el día en que tuvo que partir. Entonces le dedicó a la ciudad que no olvidaría jamás: “Viva Santa Cruz / bella tierra de mi corazón / tienes la virtud / y el perfume de la adoración / en tu cielo azul / las estrellas hablan del amor / noches de pasión / cuando se enamora en Santa Cruz…”, que años después se convertiría en el segundo himno de la pujante ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
Oscar Alfaro, el poeta de los niños, tarijeño de nacimiento, ciudadano del norte argentino, de La Paz, Oruro y Cochabamba, también escribió: “¡Ay, la belleza del trópico / que lleva un tipoy de selva / floreado de loros verdes / y de perfiles de fieras!”.
Y reconocen: “¡Ay! Mi corazón está empezando a padecer / desde que yo te conocí, mi dulce bien…”. Orureño también, más famoso en Chile que en Bolivia. Llegó a cantar con el famoso trío “Los Panchos”. Raúl Shaw Moreno se llamaba.
Hay más collas querendones de Santa Cruz, muchísimos más. Esta columna no alcanza para nombrarlos. Todos la quieren sin tapujos, quejándose o sin quejarse de los sinsabores circunstanciales.
Otro orureño, Luis Mendizábal Santa Cruz, también escribió a Santa Cruz y, para no olvidarnos, cómo no citar a César Espada, orureño también, que, dolido de amor y queriendo olvidar a la cambita dueña de su corazón, trae a su memoria: “Niña, al recordar / hoy tus ojos, tan fijos en mí, / veo el sol, la playa y el mar / horizontes que no conocí”; pero sus recuerdos lo llevaban a reclamar: “Mi canto reclama tu voz / y yo la flor de tu piel” y, sin poder dormir en las noches, con el pensamiento lleno de amor, “Esta noche tibia de lejos te siento venir”; aunque, dándose cuenta de que no vendrá y que sus pensamientos son solo “palabras de amor que se alejan de mi corazón”, dice, finalmente, con el alma y el corazón hechos pedazos: “Niña, te dejo todos mis sueños / me voy esta noche lejos / donde te pueda olvidar…”.
Pero no la olvida, como no se olvidan de Santa Cruz todos los collas que la viven, porque Santa Cruz se mete en el tuétano de quien la siente y la conoce… Y, además, ¿saben por qué? Porque Santa Cruz es la nueva Bolivia.