Santa Cruz de la Sierra se jacta, con razón, de haberse convertido en una ciudad cosmopolita. Tiene modernos edificios, restaurantes, hoteles, centros empresariales y una población cada vez más diversa. Pero basta intentar caminar unas cuadras para descubrir una contradicción: Santa Cruz puede parecer una ciudad del siglo XXI desde un piso 20, pero muchas veces deja de serlo cuando uno baja a la acera. Caminar debería ser la actividad más sencilla de una ciudad. Aquí puede convertirse en una carrera de obstáculos. Aceras rotas, desniveles, gradas, rampas improvisadas, postes, vehículos y cambios abruptos de altura obligan frecuentemente al peatón a bajar a la calzada.
Y hay algo todavía más básico: en numerosas calles y avenidas, especialmente a partir del tercer anillo, la vereda ni siquiera está claramente definida. El límite entre propiedad, acera, cuneta y calle se vuelve difuso. Cada propietario parece haber construido según su propio criterio —cuando construyó algo— y el peatón debe improvisar su recorrido. Para una persona joven es incómodo. Para un adulto mayor, alguien en silla de ruedas, una madre con un coche de bebé o una persona con discapacidad visual, recorrer unas pocas cuadras se convierte en una verdadera odisea.
El problema se hace todavía más evidente cuando llueve. Santa Cruz posee una extensa infraestructura de canales y drenaje pluvial, pero su cobertura y capacidad no son homogéneas en toda la mancha urbana. Y una ciudad que continúa expandiéndose necesita pensar simultáneamente en cómo camina la gente, dónde crecen sus árboles y por dónde se va el agua.
Ahí existe una oportunidad. En el mes aniversario de Santa Cruz podríamos reemplazar, por una vez, los discursos sobre la orgullosa cruceñidad por algo muy cruceño también: hacer. La Alcaldía podría convocar una gran alianza ciudadana por las aceras y las áreas verdes.
Primero, establecer un modelo de acera cruceña: continua, accesible, antideslizante y sin obstáculos, con parámetros sencillos de ancho, pendiente, altura y conexión con la propiedad vecina. No necesitamos que todas las veredas sean idénticas; necesitamos que todas permitan caminar. Pero podríamos ser más ambiciosos. En lugar de pensar separadamente en cemento, árboles y lluvia, Santa Cruz podría adoptar un estándar de “vereda verde”. Cada nueva acera o renovación podría combinar una franja peatonal continua con espacios para árboles, vegetación y superficies permeables que permitan que parte del agua de lluvia penetre naturalmente en el suelo. Donde las condiciones lo permitan, pequeños jardines de lluvia podrían captar temporalmente agua antes de que llegue a calles y canales. Es decir: vereda + árbol + drenaje como una sola infraestructura urbana.
Los propietarios de casas, condominios, comercios y edificios asumirían progresivamente la construcción o adecuación de la vereda frente a sus inmuebles. La Alcaldía pondría las reglas, ofrecería gratuitamente diseños estándar y fiscalizaría su cumplimiento.
El segundo componente podría llamarse “Santa Cruz adopta un jardín”. Empresas, bancos, constructoras, supermercados, universidades, restaurantes y otras instituciones podrían adoptar voluntariamente, por tres años, una rotonda, camellón, jardín o área verde próxima. La empresa asumiría la jardinería, poda, limpieza, reposición de plantas y riego cuando fuera necesario. A cambio, podría colocar discretamente su nombre o logotipo integrado al paisaje, preferiblemente elaborado con vegetación: “Esta área es mantenida por…”, o solamente el nombre de la empresa. No se trata de privatizar parques ni llenarlos de publicidad. La Alcaldía conservaría la propiedad y establecería estándares. Las empresas aportarían recursos y mantenimiento. Su responsabilidad social dejaría de ser una frase en un informe corporativo para convertirse en algo que cualquier ciudadano pudiera ver.
Santa Cruz ha crecido extraordinariamente gracias a la iniciativa de su gente. Quizás esa misma energía pueda utilizarse ahora para hacerla más habitable. Porque una ciudad cosmopolita no se mide solamente por sus edificios altos, restaurantes o centros comerciales. También se mide mirando hacia abajo: por la acera sobre la que caminamos, por cómo evacuamos la lluvia y por el árbol bajo cuya sombra podemos detenernos.
En su aniversario, Santa Cruz podría hacerse un regalo sencillo: comenzar a parecerse, a nivel de calle, a la gran ciudad que orgullosamente dice ser. Es el regalo que esta ciudad se merece y que todos, sin mucho esfuerzo, podemos lograr. En cinco años, Santa Cruz sería otra.