El evismo amenaza con bloqueos, marchas, protestas y manifestaciones. Su incapacidad para sobrevivir políticamente parece haberle hecho perder la noción del buen juicio y, al mismo tiempo, evidencia improvisación y falta de tacto político. Su congreso en Lauca Ñ demuestra que el canibalismo político se ha convertido en una práctica recurrente: dirigentes sindicales y sectores del propio movimiento se atacan, descalifican y destruyen entre ellos. No hace falta demasiado esfuerzo para comprobar que el evismo se ha reducido a las seis federaciones del Chapare, o incluso menos, y a unas cuantas organizaciones políticas fieles al exmandatario.
La tragedia del evismo es conocida en todo el país. Se encuentra en un proceso de franca desintegración. Las causas profundas quizá sean desconocidas para muchos, pero seguramente son conocidas por sus propios dirigentes. El evismo fracasó desde su nacimiento como convicción política porque, en esencia, representa el culto al caudillismo y la personificación del líder en un movimiento político. Muchos de sus dirigentes tomaron decisiones equivocadas que le costaron enormes recursos al Estado boliviano.
Bolivia perdió el rumbo por decisiones políticas, técnicas y administrativas poco acertadas. El retorno del evismo al poder sería, en este contexto, una enorme imprudencia. Intentar recuperar el gobierno mediante la fuerza o incluso por la vía democrática para retomar las mismas prácticas sería un grave error. Una nueva imposición populista y demagógica de corte socialista podría profundizar la incertidumbre y las divisiones internas.
Mientras el país necesita unidad para defender sus intereses y sus recursos naturales, la división política facilita que distintos grupos busquen aprovecharse de nuestras debilidades. El empeño del evismo por regresar al gobierno corre el riesgo de prolongar las confrontaciones que han marcado buena parte de la política boliviana reciente.
Los ataques internos, las acusaciones y las filtraciones entre antiguos aliados se han convertido en una constante. El propio nombre del movimiento, asociado directamente al caudillo, revela su naturaleza personalista. Mientras sus dirigentes hablan de un proyecto político común, en su interior existe una permanente lucha por el poder y por intereses personales.
El desgaste entre los propios sectores del Chapare resulta evidente. En lugar de construir acuerdos y sumar fuerzas, muchas veces parecen concentrarse en neutralizarse entre ellos. La defensa intransigente del exmandatario, acompañada en ocasiones por violencia verbal y física, constituye una expresión de ese canibalismo político.
Bolivia necesita años de orden, paz y tranquilidad. El evismo, en cambio, ofrece confrontación, fragmentación y división. Estas prácticas debilitan a las organizaciones sociales, fracturan a los partidos desde adentro, generan desconfianza y alejan a los ciudadanos de la política. También deterioran la credibilidad de las instituciones públicas cuando la lealtad política, el favoritismo y la improvisación sustituyen a la meritocracia.
Bolivia no necesita otros años de caudillismo recalcitrante ni nuevos líderes que confundan apoyo popular con autorización para ejercer el poder sin límites. Tampoco necesita funcionarios que lleguen a los cargos por lealtades, influencias o intereses personales.
El país necesita reconstruirse con voluntad, inteligencia, justicia, humanidad y valentía. Necesita dirigentes capaces de poner orden sin caer en pasiones ni sectarismos. Necesita colaboradores, visionarios y estadistas.
Ese es precisamente nuestro infortunio: existen hombres y mujeres capaces de asumir esa tarea, pero un sistema político perverso muchas veces los invisibiliza, los neutraliza, los corrompe y, finalmente, los absorbe.