La mejor prueba de que la detención de Roger Mariaca y el acorralamiento de figuras como el ex ministro Eduardo del Castillo fueron impulsados por orden de Estados Unidos, y no por una investigación del gobierno boliviano, es que nadie se percató de dónde venían los tiros. Ante la menor advertencia o indicio, la noticia se habría filtrado de inmediato. Si esto hubiese dependido de la iniciativa de las instituciones locales, el ex fiscal general todavía estaría recibiendo distinciones honoríficas y aplausos en el concejo municipal y en otras organizaciones consideradas "muy respetables".
Lo sucedido en los días previos evidencia la falta de contexto en el relato oficial. Apenas dos semanas antes de estos hechos, Eduardo del Castillo presentaba un libro de forma abierta y con vehemencia tanto en La Paz como en Santa Cruz. Paralelamente, el propio Mariaca era homenajeado públicamente como un ciudadano destacado y posteriormente recibió el respaldo incondicional de la Central Obrera Boliviana y de diversos sectores que salieron en su defensa, bajo el escudo de la soberanía nacional. Si el gobierno realmente encabezaba una minuciosa investigación, resulta incomprensible por qué las autoridades asistieron puntualmente a los actos para aplaudir en lugar de ejecutar las órdenes correspondientes.
Y aquí no se trata de minimizar gratuitamente al gobierno o de ensalzar a los estadounidenses, para ver quién se lleva el crédito de una detención, sino de aprovechar la lección que nos debe dejar a todos los bolivianos el caso Mariaca, cuyas tropelías fueron un secreto a voces durante años.
La salida a esta crisis no vendrá de la modificación de leyes, de la presión política ni del control ejercido por potencias extranjeras, sino de una revolución social profunda: una transformación moral, de ética y de valores en el comportamiento cotidiano, para que cada individuo aspire a ser un genuino ciudadano ilustre que no tolere fácilmente a ídolos de barro.
La sociedad tiene que cambiar por una cuestión de protección personal, de higiene individual y por el futuro que cada uno se labra con sus propios actos. La máxima que debería regir nuestra conducta a partir de ahora es "Dime con quién andas y te diré quién eres". Estados Unidos nos ha puesto ante una suerte de trampa al interceptar a un personaje justo después de que la sociedad y sus instituciones lo coronaran de honores.
Para evitar que se sigan multiplicando los "Mariacas", es indispensable cuidar a quiénes elegimos, con quiénes hacemos negocios, a quiénes aceptamos en nuestra casa y, sobre todo, a quiénes consideramos "ciudadanos ilustres". La verdadera revolución no se decreta desde un estrado; empieza cuando la sociedad deja de rendir tributo al poder cuestionable y asume la responsabilidad ética de sus alianzas y decisiones.
Para evitar que se sigan multiplicando los "Mariacas", es indispensable cuidar a quiénes elegimos, con quiénes hacemos negocios, a quiénes aceptamos en nuestra casa y, sobre todo, a quiénes consideramos "ciudadanos ilustres".