Si mañana nombraran de jueza a la Madre Teresa de Calcuta en Bolivia, el sistema la corrompería o la destruiría en una semana. El problema no son los santos o los pecadores, sino una trampa institucional diseñada para podrirlo todo. Los jueces no tienen independencia: casi todos son «provisorios» y pueden ser despedidos con una simple llamada si no obedecen al gobierno de turno. Sin estabilidad laboral, sin presupuesto y con una fiscalía que actúa como un garrote político, la ley deja de importar. La lógica del poder es clara: dócil o encarcelado. A eso se suma el día a día. En el juzgado manda la red de extorsión: el secretario, el fiscal, el policía y el intermediario. Quien intenta actuar bien termina procesado o aislado. Poner a un santo en un tribunal boliviano no limpiará la porquería; el sistema lo aplastará. Justamente, es por eso que los “santos” de turno no quieren cambiar la justicia.