A pesar de la experiencia histórica del último siglo, el socialismo continúa teniendo seguidores, especialmente entre sectores universitarios y jóvenes. Esto resulta paradójico: numerosos regímenes socialistas produjeron pobreza, represión, escasez y concentración extrema del poder. Sin embargo, la idea sobrevive porque no se sostiene únicamente sobre argumentos económicos, sino también sobre determinadas creencias culturales, psicológicas y morales.
El problema comienza cuando se abandona la propiedad privada y se pretende sustituir las decisiones individuales por una planificación centralizada. La producción de bienes y servicios requiere millones de decisiones coordinadas que ningún gobierno puede conocer ni controlar completamente. El resultado suele ser menor eficiencia, menos libertad económica y una creciente concentración del poder político. La historia de los Estados socialistas ofrece abundantes ejemplos de esta deriva.
Pero la persistencia del socialismo también tiene una dimensión cultural. Durante décadas, determinados ambientes académicos han interpretado la sociedad principalmente como una lucha entre grupos, identidades y relaciones de poder. En ese marco, la desigualdad económica deja de analizarse como un fenómeno complejo y pasa a entenderse como evidencia de una supuesta opresión sistémica. La propiedad, la competencia y el éxito individual pueden entonces convertirse en sospechosos, mientras que la intervención estatal aparece como solución.
El pensamiento socialista puede presentarse bajo distintas formas. Una de ellas es el cientificismo, que supone que una élite de expertos posee el conocimiento necesario para organizar racionalmente la sociedad. El problema es que ninguna élite puede disponer de toda la información dispersa que poseen millones de individuos sobre sus necesidades, preferencias y circunstancias.
Otra variante es el historicismo, según el cual la historia avanza inevitablemente hacia determinadas etapas. Marx convirtió esta idea en una teoría revolucionaria: el capitalismo sería una fase destinada a desaparecer y el socialismo, la siguiente etapa histórica. Si se cree que el futuro está predeterminado, quienes se consideran protagonistas de ese proceso pueden justificar prácticamente cualquier sacrificio en nombre del porvenir.
Una tercera corriente, asociada a Rousseau, idealiza una supuesta vida natural anterior a la propiedad privada y presenta la riqueza, la civilización y la acumulación como fuentes de corrupción. Así, la desigualdad deja de ser analizada según sus causas concretas y se transforma en una cuestión moral: tener más que otro pasa a considerarse sospechoso.
La cuarta variante es el relativismo moral. Si no existen principios objetivos sobre el bien y el mal, la política puede terminar reducida a una lucha por imponer determinadas concepciones de justicia. Quien consigue controlar el Estado adquiere entonces la capacidad de definir qué es correcto y obligar a los demás a aceptarlo.
Estas ideas no siempre aparecen juntas ni son conocidas conscientemente por quienes se consideran socialistas. Muchas veces operan como premisas implícitas: la sospecha hacia el empresario, la desconfianza hacia la riqueza, la convicción de que el Estado puede solucionar problemas que los individuos no pueden resolver y la creencia de que la desigualdad constituye, por sí misma, una injusticia.
Ludwig von Mises también señaló una dimensión psicológica del fenómeno. El capitalismo obliga a competir, asumir riesgos, satisfacer a los consumidores y responsabilizarse por las propias decisiones. No todos aceptan fácilmente esas exigencias. Para algunos resulta más cómodo atribuir los fracasos personales al sistema, mientras que la riqueza ajena puede despertar resentimiento o envidia.
Por eso, el atractivo del socialismo no depende únicamente de sus promesas económicas. También puede alimentarse de sentimientos profundamente humanos: la envidia, el resentimiento, el miedo a la responsabilidad y la fascinación por quienes prometen construir una sociedad perfecta desde el poder.
La paradoja final es evidente: una doctrina que se presenta como defensa de la solidaridad puede terminar justificando una enorme concentración de poder sobre individuos concretos. El socialismo promete liberar al hombre de las desigualdades del mercado, pero para hacerlo necesita limitar su libertad de elegir, producir, intercambiar y conservar aquello que legítimamente ha adquirido. Allí reside su contradicción fundamental.
Vincent Cook - Instituto Mises