Bolivia es el único país del mundo donde la economía está tan bien «sincronizada» que el verde de sus bosques no compite con el verde de sus escasos dólares, sino con el blanco de su exportación estrella más cotizada. Nuestro país es el paradisíaco rincón sudamericano donde las leyes de la oferta y la demanda no las dicta el Banco Central, sino los ruidos de las avionetas que despegan desde pistas «fantasma» que todo el mundo conoce, pero nadie ve, y donde los narcos viven como reyes.
¿La hoja «sagrada»? Sí, hay que rendirle pleitesía. Después
de todo, ha enriquecido y enriquece a quienes la utilizan. Mientras otros
países sufren intentando exportar quinua o soja, Bolivia ha perfeccionado el
monocultivo de la hoja de coca para fines... hummm... «tradicionales». Es un
misterio de la ciencia botánica cómo una población que usa la hoja para el
dolor de estómago y el bolo o acullico produce la cantidad suficiente para
abastecer el consumo, mal llamado cultural, de una población equiparable a la
de unas tres Europas juntas. Pero el verdadero orgullo nacional está en el
«valor agregado» e industrializado de la hojita, digna bandera cocalera. ¿Se
entiende, no? Olvídense de la industrialización del litio; el verdadero
procesamiento químico de alta eficiencia ocurre en laboratorios rústicos en
medio de la selva, donde los «ingenieros» locales combinan precursores con la
precisión de un chef con estrella Michelin.
¿Quién dijo que no tenemos cielos abiertos como política
aeronáutica? ¡Nuestros cielos son soberanos! (Esto de la «soberanía» también
sirve para reclamar actividades ilícitas). Quien diga que Bolivia no está
interconectada, miente. El tráfico aéreo es tan fluido que los radares
militares nacionales (si los hay) e internacionales, por pura cortesía y para
no estresar a los pilotos, deciden tomarse siestas eternas.
Ni qué decir, además, del turismo de exportación. Las
fronteras son tan amigables y porosas que las sustancias que sabemos cruzan a
Brasil, Paraguay o Argentina con más facilidad y sin trámites que un ciudadano
honesto intentando visitar a su pariente enfermo.
Bolivia tiene también, y lo estamos viendo en 3D y surround,
un Ministerio Público cargado de... bueno, ustedes saben de qué, y una justicia
selectiva. El aparato estatal boliviano es un monumento a la participación y la
tolerancia. Los grandes capos locales y foráneos disfrutaban (¿o siguen
estando? —Así habla mi compadre jumechi—) de una tranquilidad de convento,
mientras la Policía desplegaba (¿o despliega?) operativos cinematográficos para
incautar droga. Ya hay dudas sobre lo que incauta. Por ahí, dicen las malas
lenguas, que es solo estuco... o quién sabe qué.
Si un pez gordo cae, generalmente es por un error de
coordinación o porque olvidó pagar la «suscripción premium» del mes... o porque
se metió la DEA, a pesar de muchos. Y no hablemos de las «rendiciones de
cuentas», asesinatos a sangre fría y en plena vía pública, peleas de
cárteles... En fin, que ya son pan de cada día, con la población en tren de
acostumbramiento.
Este país también tiene lavanderías automáticas por doquier.
¿En la construcción? (Ojo: pregunta nomás). ¿El negocio inmobiliario? ¿Los
autos de lujo? ¿El contrabando? No. Todo es simplemente muestra del espíritu
emprendedor de ciudadanos que prefieren guardar sus ahorros bajo el colchón...
o invertidos en ladrillos de dudosa procedencia.
¿Las aduanas? Jejeje. ¿Los aeropuertos? ¿La Policía? ¿Las
terminales de autobuses? ¿Qué falta?
En resumen, calificar a Bolivia de «narcoestado» es una tremenda falta de respeto a la creatividad local. Es, más bien, una corporación multinacional autogestionada, con soberanía territorial (¡Viva la soberanía!), donde el Gobierno simplemente ejerce de relacionador público y la población... bueno, la población, ¿vive feliz?