Editorial

Por qué crece la derecha

América Latina atraviesa un giro político innegable. Durante años, la narrativa dominante sugirió que la región estaba condenada a girar eternamente hacia el colectivismo...

Editorial | | 2026-10-09 00:16:49

América Latina atraviesa un giro político innegable. Durante años, la narrativa dominante sugirió que la región estaba condenada a girar eternamente hacia el colectivismo. Sin embargo, la realidad ha roto ese mito: la ciudadanía está dando la espalda al modelo tradicional de la izquierda y respaldando, con entusiasmo y convicción, alternativas liberales y de derecha. Este fenómeno no es fruto del azar ni de un "engaño mediático"; responde a una lectura profunda de las necesidades concretas del individuo.

La derecha latinoamericana ha logrado conectar con el ciudadano de a pie apelando a pilares fundamentales: Dios, patria, familia y libertad. Lejos de ser meras consignas, estos valores representan certidumbre en un entorno convulso. Pero el verdadero cambio de paradigma radica en haber superado el dogma de la lucha de clases. El habitante del conurbano bonaerense, del sector rural andino o de las periferias urbanas de Brasil ha comprendido algo crucial: nadie prospera odiando al comerciante o al empresario. El trabajador de clase media no busca despojar al que tiene, sino tener las mismas oportunidades para emprender, ahorrar y salir adelante. La aspiración al éxito está reemplazando al resentimiento.

A esto se suma la exigencia irrenunciable de seguridad y mano firme. Sin orden no hay libertad posible. Mientras la delincuencia y el crimen organizado extorsionan al pequeño comerciante, la derecha propone garantizar el primer derecho humano de cualquier ciudadano: caminar por la calle sin temor. El modelo de firmeza institucional aplicado frente al crimen demuestra que cuando el Estado cumple su función esencial de proteger la vida y la propiedad, la sociedad vuelve a respirar.

En contraste, la izquierda se ha quedado atrapada en un eco del pasado. Mantiene un discurso rancio fundamentado en el antagonismo permanente, las tensiones de raza y un indigenismo caricaturizado que no resuelve la falta de empleo ni la inflación. Se aferra a ideologías obsoletas que pierden eco entre las nuevas generaciones. Hoy, el joven universitario y el emprendedor digital prefieren la autonomía, la tecnología y el libre mercado antes que los dogmas socialistas desgastados que solo prometen más regulación y control estatal.

Ante el aumento del crimen, el progresismo responde con un "buenismo" ineficaz, victimizando al delincuente mientras las familias trabajadoras sufren las consecuencias de la impunidad. Y lo más revelador de su estancamiento es la absoluta falta de autocrítica. Al perder en las urnas, su explicación nunca pasa por examinar sus propios fracasos económicos o de gestión; prefieren culpar a conspiraciones externas, a los evangélicos o a potencias extranjeras.

El crecimiento de la derecha en América Latina no es una moda pasajera: es el triunfo de la libertad individual, la prosperidad y el sentido común frente a un modelo que se quedó sin respuestas.

El trabajador de clase media no busca despojar al que tiene, sino tener las mismas oportunidades para emprender, ahorrar y salir adelante. La aspiración al éxito está reemplazando al resentimiento.