“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 6). “El que les predique un evangelio distinto del que ustedes han recibido, ANATHEMA SIT —¡que sea condenado!” (Gálatas 1, 9).
Uno de los grandes errores de nuestro tiempo
es el relativismo, ideología que niega la verdad objetiva a favor de lo que
determinamos nosotros mismos. Esta actitud niega, naturalmente, la verdad
revelada por Dios y a Dios mismo. Desconocer, distorsionar o negar la verdad
sobre Dios tiene graves consecuencias para la humanidad y nuestra vida.
Precisamente por este motivo, los Diez
Mandamientos comienzan con tres insistencias: 1) no tener otro Dios o dioses
falsos, 2) no falsificar al Dios verdadero y 3) respetar el Día del Señor. Si
no se viven estos primeros tres mandamientos, no sorprende la falta de respeto
por los propios padres, por la vida humana, por la familia, por la propiedad y
por la justicia, que son las verdades y los valores que los demás Mandamientos
defienden.
Aun así, el ser humano es experto en
tergiversar el sentido de las cosas. Por consiguiente, Dios, al revelar la
verdad sobre Sí Mismo y, por consiguiente, sobre nosotros —creados y amados por
Él—, confía autoridad sobre la comunicación de esta verdad a la Iglesia por
medio del Santo Padre y los Obispos. Dado que no siempre logramos una vida
santa como nos pide Dios, y todo ser humano es pecador, no sorprende que a
veces haya mucho rechazo a semejante autoridad, aunque fue concedida por Jesucristo.
Es como descalificar a Jesús porque fue traicionado por Judas.
La gran autoridad antes de Cristo fue Moisés y
la Ley que decretó como profeta, es decir, portavoz autorizado de Dios. Otros
profetas, como Isaías y Jeremías, cuyas enseñanzas están conservadas en la
Santa Biblia, forman parte de esta verdad autorizada.
La formulación precisa de la doctrina que
creemos como verdad religiosa se llama Dogma y el estudio del mismo se llama “Teología
Dogmática”. Sabemos que nuestro lenguaje es siempre impreciso e inadecuado,
especialmente cuando se pretende hablar de Dios. Por amor a Dios y al prójimo,
nos incumbe ser lo más precisos posible. No sorprende que, con 2000 años de
experiencia, enseñanza y vida, además de la ayuda del Espíritu Santo, la
Iglesia haya profundizado mucho en la expresión de la verdad revelada.
Sin embargo, persisten grandes y graves
distorsiones en los pueblos. Por ejemplo, hubo quienes, citando la Biblia,
defendieron la institución de la esclavitud con la peor crueldad en los EE. UU.
hasta pelear una guerra sangrienta para mantenerla. Aunque San Pablo escribe: “esclavos,
obedezcan a sus amos” (Col 3, 22; Ef 6, 5), debería ser obvio para quien
comprende la Sagrada Escritura en su conjunto que Dios no avala la esclavitud.
Es, pues, imposible hacer lo que Jesús pide con la Regla de Oro: “Todo lo que
deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” (Mt 7, 12), y
mantener a otros como esclavos tuyos. Quienes estrellaron aviones contra las
Torres Gemelas hace 25 años gritando “Allahu Akbar”, además de terroristas,
cometieron blasfemia invocando en falso el nombre de Dios.
Es increíble que la gente siga citando “ojo
por ojo y diente por diente” (Éx 21, 24; Lv 24, 20; Dt 19, 21) para justificar
hoy la pena de muerte, cuando Jesús mismo rechazó este precepto (véase Mt 5,
38). Quien comprende la Ley Mosaica sabe que el “ojo por ojo” es un freno para
que no haya excesos en los castigos.
Así, las herejías (otra palabra que no nos
gusta hoy) de la antigüedad reaparecen hoy con nuevos disfraces. Por ejemplo,
otra columna en este medio sostuvo que “El mundo no necesita que lo ‘salves’,
necesita que te arregles a ti mismo”; esto es neopelagianismo, la equivocada y
soberbia doctrina de que podemos salvarnos a nosotros mismos sin recurrir a la
fe en Cristo y a la gracia divina. En la política, esta herejía se convierte en
las diversas expresiones del socialismo y el comunismo.
Otra herejía antigua que ahora reaparece con
un lenguaje nuevo es el gnosticismo. El compromiso moral y comunitario se sustituye
por sensaciones subjetivas e iluminaciones intelectuales privadas. Con soberbia
intelectual afirma que la verdad es lo que yo determino para mí mismo. En la
vida diaria se convierte en indiferencia ante el sufrimiento humano; es cinismo
intelectual. El mejor ejemplo es “Truth Social”, por donde Trump miente todos
los días.
Ahora estamos ante el peligro del mesianismo
tecnológico. Aunque la Inteligencia Artificial es una herramienta con
increíbles posibilidades —yo mismo la uso con frecuencia—, esconde grandes
peligros. Por esto, el Papa León XIV nos advierte que estamos ante la
primerísima herejía de construir, por medio de ella, una Torre de Babel para
llegar a nuestro propio cielo, en vez de ser humildemente parte de la Nueva
Jerusalén que Dios está construyendo.
Las herejías no son simples errores
intelectuales frente a profundas verdades religiosas. Son caminos equivocados
que llevan a la ruina. Son tentaciones envueltas en disfraces intelectuales.
Son trampas de Satanás para confundir y esclavizar.
En cambio, Cristo Jesús nos dice que es
Camino, Verdad y Vida. No solo por la sabiduría de sus enseñanzas, necesarias
para construir nuestra casa sobre roca con ética y moral (Mt 7, 24-28), sino
porque es el Salvador del mundo y de cada ser humano con destino eterno.
Querido lector, que Dios te bendiga.