Hay una tendencia preocupante en nuestra sociedad: cada vez se valora menos el trabajo del maestro, pese a que nada menos que Jesucristo se sentía orgulloso de ser llamado así. Muchos profesionales de la enseñanza prefieren otra denominación, porque el término parece estar asociado a una profesión de poco prestigio. El problema no está en el trabajo del maestro, sino en la poca importancia que la sociedad le da. En su momento, algunos optaron por el término «profesor», porque sonaba más elegante. Después llegó «docente», pero tampoco mejoró la imagen de la profesión. Más tarde apareció «facilitador», como si enseñar fuera simplemente administrar un aula y no guiar a los alumnos hacia el conocimiento. Ahora algunos quieren llamarlo «agente académico». Es el último grito de la moda. Tantos nombres para evitar reconocer lo esencial: es un maestro. En una sociedad que muchas veces presume de su ignorancia, recuperar el respeto por los maestros es urgente. Cuando ocupen el lugar que merecen en el reconocimiento social, tendremos razones para esperar un futuro mejor.