«Envíame también madera de cedro, de ciprés y de sándalo del Líbano, porque sé que tus servidores saben talar los árboles del Líbano» (II Crónicas 2,7).
¿Cómo iluminar, desde la fe y la Palabra de
Dios, el tema de la preciosa madera incautada y quemada en Chile a causa de una
falsa denuncia que afirmaba que estaba impregnada de droga?
Salomón quería maderas preciosas para la
construcción del Templo de Jerusalén, casi mil años antes de Cristo. En
nuestros tiempos, para la reparación del techo incendiado de la catedral de
Notre Dame de París, se talaron aproximadamente 2.000 árboles de roble francés.
Cuando se reconstruyó la catedral de San Ignacio de Velasco, se tuvieron que
cortar unos 10 árboles de soto (Schinopsis brasiliensis) para cada una de sus
18 enormes columnas interiores, además de muchos otros para las exteriores. Si
tuviéramos que hacer esto ahora, sería prácticamente imposible, porque ya no
existen suficientes árboles de tamaño adecuado para este fin. En Francia hay un
mejor manejo de los bosques que en Bolivia, y los árboles cortados serán
reemplazados, aunque esto requiere tiempo. Quien corta un árbol debe plantar
otro o, mejor aún, varios.
Me encanta toda clase de madera y lo que
hacemos con ella: construcciones, muebles, juguetes y esculturas. De niño,
quería ser carpintero, como san José y el mismo Jesús. Al ser ordenado
sacerdote, mandé fabricar un cáliz de madera con una copa interior de oro y,
actualmente, utilizo una cruz pectoral episcopal de madera morada. Fue diseñada
por el presbítero Francisco Pará, oriundo de San Miguel de Velasco, y tallada
allí. Es una cruz que se parece a los árboles que sobrevivieron a los incendios
descontrolados en la Chiquitania. Cristo está crucificado no solo por las
barbaridades que cometemos unos contra otros, sino también por el mortal pecado
ecológico que hemos sufrido en estas tierras.
La Comisión Teológica Internacional del
Vaticano publicó recientemente, el 21 de agosto de 2026, el documento «Cuidar
nuestra casa común», que invita a una «respuesta responsable y fraterna al Dios
trinitario». El texto, aprobado por el papa León XIV, sostiene que el cuidado
de la creación no es solo un tema político o ambiental, sino también un asunto
de fe. Nuestra relación con la creación refleja nuestra relación con el
Creador.
Volvamos al tema de la madera boliviana
quemada en Chile. En junio de 2026, la Fiscalía Regional de Arica y Parinacota,
en Chile, anunció con gran despliegue internacional la retención de más de
1.080 toneladas de maderas finas y densas de la Amazonía y el oriente
boliviano, específicamente: morado (Machaerium scleroxylon), tajibo (Handroanthus)
y almendrillo (Dipteryx odorata). Ausente de esta lista está la madera más
preciosa, la mara (Swietenia macrophylla), porque su extracción legal en el
pasado dejó muy pocos ejemplares de esta hermosa especie en los bosques de la
Gran Chiquitania.
La denuncia chilena, como puede deducirse por
sentido común, incluso sin grandes conocimientos científicos, es absurda,
porque es imposible impregnar madera con droga. Si hubo residuos, fue porque
los contenedores o las propias pruebas estaban contaminados. Lo más probable es
que todo el asunto no haya sido más que una mentira para robar la madera o
exigir coimas. Al reducir a cenizas esos tablones de soto, tajibo y morado, no
solo se destruyó un patrimonio económico, sino que también se profanó una
materia sagrada, como la madera que Hiram envió al Templo de Salomón (II
Crónicas 2,7).
¿Qué debe exigir Bolivia a Chile frente a este
atropello? Pienso que, en vez de un resarcimiento económico, que apenas
alcanzaría entre 10 y 15 millones de dólares, se debería exigir a Chile la
entrega a Bolivia de 1.080 toneladas de sus maderas más finas, aunque se trate
de especies protegidas: roble pellín (Nothofagus obliqua), coigüe o coihue (Nothofagus
dombeyi), raulí (Nothofagus alpina) y lenga (Nothofagus pumilio). Aunque estas
«maderas nobles» no sean tan buenas ni tan «ultraduras» como las maderas
bolivianas de la Chiquitania, podríamos darles un uso sagrado en las columnas
salomónicas y en el arte sacro de nuestros templos y capillas.
Además, dado que se investigó a las 45
empresas bolivianas que exportan madera —seguramente porque algunos vieron una
buena oportunidad para sacarles coimas—, la justicia boliviana debería
investigar a estos funcionarios chilenos corruptos.
Pero, aún más importante, toda esta tragedia
nos plantea otra pregunta urgente: ¿manejamos nuestros bosques de manera
inteligente? ¿Es realmente sostenible el «Manejo Forestal Sostenible» de
Bolivia? Este exige ciclos de rotación de entre 20 y 30 años. Sin embargo, los
árboles que se están cortando necesitan entre 60 y 80 años para alcanzar su
madurez comercial y, dependiendo de la especie, entre 100 y 200 años para
llegar a su tamaño máximo. La extracción de los árboles más grandes constituye
un atropello contra todo el ecosistema de la selva y crea grandes
desequilibrios para el resto de la flora y la fauna. ¿Por qué nuestra Ley
Forestal no obliga a las empresas madereras a plantar árboles y restaurar los
bosques con mara y otras especies similares? ¿No sería mejor conservar nuestra
madera preciosa en Bolivia para los bolivianos?
¿Qué importa que la madera sea talada y
quemada en Chile cuando estamos quemando nuestros árboles en pie en Bolivia?
Actualmente, presenciamos la deforestación masiva de los bosques del oriente
boliviano, no solo para extraer madera, sino también para la agricultura y la
actividad agropecuaria. Algunos dejan cordones ecológicos; otros, no. La
ganadería conserva muchos bosques y suele favorecer la conservación de las
cuencas de agua; la soya arrasa con todo. Bolivia necesita desarrollo, pero no
a cualquier precio. Con la destrucción del bosque, quizás creamos estar
promoviendo un desarrollo sostenible, pero es como intentar rehacer el cuerpo
humano sin pulmones, asfixiándolo en cuerpo, corazón y alma. Debe ser posible
un manejo forestal mejor.
El primer salmo nos dice: «¡Feliz el hombre
que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! Él es como
un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo y
cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien».
Querido lector, ¡que Dios te bendiga!