Habiendo sido herido en el hombro, mi abuelo Amadeo Rivas Arze decidió continuar conduciendo el camión Ford BB de 1931 que le asignaron durante la guerra del Chaco. Solía mostrarme las huellas de aquel impacto para que no dudara de sus hazañas, que yo escuchaba con singular interés. Esos camiones transportaban alimentos, pertrechos y agua, elementos indispensables para sobrevivir, así como la gasolina era vital para el funcionamiento de las máquinas.
Ambos escaseaban durante la contienda. Así lo
recuerda Henry Pablo Ríos Alborta en su obra La guerra de la gasolina. El
abastecimiento de combustible en la guerra del Chaco (y en la actualidad)
(2026). El ensayo llega en un momento en que los bolivianos sufren para
conseguir combustible a precios de mercado. La obra aporta al debate presente y
futuro al recuperar las soluciones que encontraron nuestros abuelos.
Ríos recuerda que en 1921, durante la
presidencia de Bautista Saavedra, se promulgó la Ley de Petróleos, que
establecía la propiedad estatal del petróleo. Desde mi punto de vista, aquí
radica uno de los problemas. En Estados Unidos, por ejemplo, el propietario del
suelo también puede ser dueño de los recursos del subsuelo. Este modelo ha
favorecido la participación privada en la explotación de hidrocarburos.
El autor explica cómo Bolivia dependía de
Argentina para abastecerse de gasolina, hasta que el país vecino decidió
declararse neutral durante la guerra. Gracias a la inversión de Standard Oil y
al trabajo del químico y héroe Jorge Muñoz Reyes, se logró refinar gasolina de
aviación, cuyo transporte desde Perú resultaba imposible. Con datos, cifras y
testimonios, Ríos demuestra cómo nuestros abuelos resolvieron la escasez ¡en
plena batalla!
Existen obras literarias sobre la falta de
agua en el Chaco, como Laguna H3, de Costa du Rels; El pozo, incluido en Sangre
de mestizos, de Augusto Céspedes; y Hijo de hombre, de Augusto Roa Bastos. La
guerra de la gasolina se suma a ese drama: dejar máquinas abandonadas en medio
de la nada para evitar que cayeran en manos enemigas por falta de combustible.
Para escribir su ensayo, el cronista visitó
Asunción y reunió textos y testimonios paraguayos. Allí observó cómo un país
que también padeció la escasez de gasolina durante la guerra hoy disfruta de un
abastecimiento normal. ¿Por qué?, se pregunta.
Su respuesta apunta a la participación de
grandes compañías internacionales, como Shell y Chevron, que opera con la marca
Texaco en distintos mercados. Coincido con el autor: no hace falta ser experto
en hidrocarburos para reconocer que YPFB ha fracasado. Bolivia necesita
competencia, inversión privada y libertad económica para evitar la escasez.
Nuestros abuelos excombatientes nos mirarían decepcionados al comprobar que nuestros hermanos «patapilas» resolvieron el abastecimiento mediante la iniciativa privada, mientras nosotros seguimos atrapados en el estatismo, los controles y las barreras que alimentan la escasez y la pobreza. No tengamos miedo a la libertad. Aprendamos de nuestros vecinos paraguayos.