Al concluir este sábado, la denominada reunión histórica entre el presidente boliviano Rodrigo Paz y su homólogo chileno, José Antonio Kast, habrá dejado tras de sí una estela de discursos solemnes, apretones de manos y la firma de varios memorándums de entendimiento. Sin embargo, en un historial diplomático marcado por décadas de encuentros infructuosos, catalogar cada acercamiento como un hito extraordinario resulta un ejercicio estéril.
Lo verdaderamente histórico no será la rúbrica de intenciones entre ambos mandatarios, sino el momento en que dichos acuerdos se traduzcan en beneficios reales y tangibles para toda la sociedad boliviana, y no únicamente en privilegios para sectores extractivistas, importadores tradicionales y redes de la ilegalidad.
La realidad geopolítica y comercial es innegable: Chile es un actor clave, y Bolivia representa el principal cliente de sus puertos en el Pacífico. No obstante, la relación bilateral se ha sostenido históricamente sobre una asimetría funcional donde Santiago se beneficia de la mediterraneidad boliviana mientras La Paz perpetúa un lamento estéril por el litoral perdido.
Este falso dilema ha impedido históricamente que Bolivia desarrolle con visión pragmática su salida natural al mar a través de la hidrovía Paraguay-Paraná, un recurso real y desaprovechado por mantener la mirada fija en un océano que solo ha profundizado el extractivismo nacional.
A Chile, paradójicamente, le conviene mantener este statu quo, al igual que a sectores internos que lucran con el desorden: contrabandistas, comercializadores de ropa usada, redes de robo de vehículos y actores informales que prosperan en ausencia de relaciones diplomáticas plenas y planes conjuntos de seguridad.
Mientras tanto, se postergan actividades económicas no tradicionales, la ampliación del intercambio comercial y la recuperación de proyectos estratégicos, como la provisión de gas natural al vecino país, obstaculizados en el pasado por fundamentalismos andinocentristas que marginaron el desarrollo del oriente mientras la minería andina operaba sin cortapisa alguna a través de los puertos chilenos.
La reciente controversia en torno a los cargamentos de madera boliviana retenidos en Arica —bajo sospechas de contaminación con sustancias ilícitas— evidencia que Chile aún arrastra prácticas donde trata a Bolivia con desdén, relegándola a un papel secundario.
Por ello, la premisa fundamental ante este encuentro debe ser una sola: ver para creer. Los acuerdos energéticos, la modernización comercial, la conectividad digital y la cooperación fronteriza dejarán de ser una pérdida de tiempo el día en que dejen de ser letra muerta y se conviertan en progreso genuino para el país.
A Chile, paradójicamente, le conviene mantener este statu quo, al igual que a sectores internos que lucran con el desorden: contrabandistas, comercializadores de ropa usada, redes de robo de vehículos y actores informales que prosperan en ausencia de relaciones diplomáticas plenas y planes conjuntos de seguridad.