Editorial

El futuro de la juventud

Editorial | | 2026-10-19 07:22:47

Es habitual escuchar en conversaciones cotidianas, en tertulias mediáticas e incluso en pasillos académicos una queja amarga y repetida: las nuevas generaciones están desorientadas, carecen de límites, no toleran la frustración y muestran un alarmante desapego por las normas colectivas. Frente a hechos de violencia juvenil o conductas antisociales, la respuesta inmediata suele dividirse entre dos atajos opuestos: el clamor por el populismo punitivo —la ilusión de que rebajar la edad de imputabilidad penal resolverá mágicamente un problema de conducta— o la resignación fatalista ante una juventud que supuestamente "ya no tiene remedio".

Los jóvenes no surgen del vacío ni marcan su rumbo en la soledad absoluta de su tiempo; son el reflejo directo del mundo que los adultos hemos estructurado para ellos. Si la juventud actual muestra grietas en su capacidad de autorregulación y en su sentido de responsabilidad, es preciso mirar hacia el lugar donde se construyen los primeros cimientos de la personalidad: la familia.

Durante las últimas décadas, la sociedad experimentó una necesaria y saludable democratización de las relaciones familiares. Se desmontaron modelos rígidos y autoritarios donde la disciplina se confundía con la violencia y el miedo. No obstante, en ese tránsito necesario hacia la empatía y el diálogo, la balanza se desplazó hacia el extremo opuesto. Un buen número de padres, desgastados por jornadas laborales extenuantes, abrumados por la inmediatez de la vida moderna o dominados por un sentimiento de culpa, optó por la permisividad. La autoridad formativa fue paulatinamente sustituida por una complacencia continua que busca evitar el conflicto a toda costa.

El resultado de esta laxitud no ha sido la libertad, sino el desamparo. Educar no es complacer; educar es orientar y la orientación requiere firmeza. El límite no es un acto de represión, sino una forma primaria de cuidado y afecto. Un niño o un adolescente que crece sin normas claras, sin consecuencias previsibles ante sus actos y con una gratificación instantánea a su alcance, difícilmente desarrollará las herramientas emocionales necesarias para convivir en una sociedad compleja.

Recuperar el rol formativo de la familia no exige retroceder al autoritarismo del pasado, sino ejercer una "autoridad democrática" asentada en la presencia, la coherencia y la valentía de sostener el "no" cuando la formación del hijo lo exige. Significa entender que la escuela puede instruir y el Estado puede sancionar, pero ninguno de los dos puede reemplazar la transmisión de valores, el sentido del límite y la contención afectiva que se aprenden en el hogar.

Antes de juzgar con dureza el rumbo de las nuevas generaciones o de exigir que los tribunales resuelvan lo que no se abordó en la mesa familiar, la sociedad adulta debe asumir su responsabilidad. El debate sobre el futuro de la juventud es, en esencia, un debate sobre el compromiso de los padres. El verdadero desafío de nuestro tiempo no es corregir a los hijos, sino reempoderar a los padres para que vuelvan a educar.

El debate sobre el futuro de la juventud es, en esencia, un debate sobre el compromiso de los padres. El verdadero desafío de nuestro tiempo no es corregir a los hijos, sino reempoderar a los padres para que vuelvan a educar.