La izquierda latinoamericana llegó al poder prometiendo transformar la sociedad, reducir las desigualdades y devolver al Estado su capacidad de intervención. Sin embargo, después de varias décadas, una pregunta comienza a imponerse: ¿ha conseguido construir una alternativa duradera o ha terminado dependiendo de dirigentes que confunden la continuidad de su proyecto con su propia permanencia en el poder?
La experiencia venezolana constituye una
advertencia. Nicolás Maduro heredó de Hugo Chávez un movimiento que
identificaba la revolución con la continuidad de una dirección política.
Progresivamente, el debilitamiento de los contrapesos institucionales, las
restricciones a la oposición y la falta de transparencia electoral erosionaron
la legitimidad del régimen. El Centro Carter concluyó que las elecciones
venezolanas de 2024 no cumplieron los estándares internacionales de integridad
electoral.
La lección es clara: cuando un partido se
considera el único representante legítimo del pueblo, las instituciones dejan
de garantizar la alternancia y comienzan a proteger al gobernante. La
democracia puede conservar sus formas mientras pierde su contenido.
¿Es esta la trayectoria de Lula da Silva? No
sería riguroso identificar automáticamente su experiencia con la de Maduro.
Brasil mantiene una competencia electoral efectiva y una oposición con una
presencia política considerable. Pero la comparación plantea una cuestión
incómoda: ¿qué ocurre cuando la defensa de un proyecto ideológico termina
justificando silencios, ambigüedades o indulgencias frente a gobiernos que
debilitan la democracia?
Lula representa a una generación que hizo del
sindicalismo, la movilización popular y las elecciones instrumentos de
transformación social. Su trayectoria contribuyó a dar a la izquierda
latinoamericana una identidad política reconocible. Sin embargo, su prolongada
centralidad también revela una contradicción: la dificultad de construir una
sucesión capaz de garantizar la continuidad del proyecto sin depender de su
figura. Reuters ha señalado que la unidad de la izquierda brasileña alrededor
de Lula mantiene abiertas las preguntas sobre su futuro cuando deje de ser
candidato.
Aquí aparece la paradoja que da sentido a
nuestro título. Lula podría convertirse en el enterrador de la izquierda
latinoamericana, no porque necesariamente pretenda destruirla, sino porque su
liderazgo corre el riesgo de representar simultáneamente su mayor recurso
electoral y su principal obstáculo para renovarse.
Una izquierda que no produce nuevos
liderazgos, que no revisa sus errores y que responde a las críticas invocando
las conquistas del pasado termina prisionera de su propia historia. Y si,
además, confunde justicia social con permanencia en el poder, pierde la
diferencia que debería separarla de cualquier proyecto autoritario.
¿Después de Lula habrá otro gran dirigente de
izquierda? Es imposible afirmarlo o negarlo de antemano. Lo que sí puede
observarse es que una generación política no se renueva simplemente proclamando
su continuidad: necesita nuevas ideas, organizaciones capaces de sobrevivir a
sus fundadores y respuestas a problemas que sus antiguos programas ya no
consiguen resolver.
El ocaso de la izquierda no comenzaría
necesariamente con una derrota electoral, sino con la pérdida de su capacidad
de imaginar el futuro. Maduro muestra el peligro de convertir el poder en un
fin; Lula enfrenta el desafío de demostrar que una tradición política puede
sobrevivir a su principal dirigente.
Si no logra dejar una izquierda democrática, renovada y capaz de aceptar la alternancia, su legado podría marcar el final de una época. De ahí la pregunta: ¿será Lula el dirigente que prolongue la vida de la izquierda latinoamericana o aquel con quien termine agotándose su ciclo histórico?