Editorial

Subsidio suicidio

En Bolivia confundimos solidaridad con despilfarro y bienestar con populismo. Llamamos subsidio a lo que termina siendo un suicidio económico y, al mismo tiempo...

Editorial | | 2026-10-31 00:08:00

En Bolivia confundimos solidaridad con despilfarro y bienestar con populismo. Llamamos subsidio a lo que termina siendo un suicidio económico y, al mismo tiempo, una tortura para los ciudadanos, que pagan las consecuencias de un sistema que promete productos baratos, pero termina provocando escasez, mercados negros, corrupción y un mayor costo de vida.

El Estado se presenta como un benefactor que regala combustible, harina y otros productos, mientras oculta una verdad elemental: el Estado no tiene dinero propio. Administra los recursos que les quita a los ciudadanos mediante impuestos, deuda y otras obligaciones. El subsidio sale del bolsillo de la gente.

El diésel fue el ejemplo más evidente. Durante años se mantuvieron precios artificialmente bajos con el argumento de proteger la economía popular. Sin embargo, esa política alimentó el contrabando y un drenaje de divisas que Bolivia ya no podía sostener. Cuando el combustible subvencionado cruza la frontera y se vende en Perú, Brasil o Argentina, los bolivianos terminamos financiando el consumo de nuestros vecinos. Lo mismo ocurre con el gas licuado que se desvía a países vecinos. Mientras aquí escasean las garrafas y las familias pierden tiempo buscándolas, los recursos públicos sostienen un sistema incapaz de garantizar el abastecimiento nacional.

El subsidio esconde una paradoja cruel: el ciudadano paga para recibir un producto que no encuentra. Y, cuando lo encuentra, debe soportar filas, incertidumbre y dificultades cotidianas. ¿Qué sentido tiene subvencionar un producto si el resultado es que escasea, se contrabandea o termina beneficiando a personas que no pagan los impuestos que financian esa subvención?

El pan ofrece otro ejemplo de esta absurda política económica. El Gobierno insiste en mantener su precio artificialmente bajo mediante la subvención de la harina, pero el precio del pan también sube y el abastecimiento no está garantizado. En La Paz, donde se intentó mantener el precio de la unidad en Bs 0,80, algunos vendedores llegaron a cobrar Bs 1, mientras los panificadores plantearon incrementos mayores. Si el precio controlado supuestamente protege al consumidor, ¿por qué no consigue evitar las subidas ni los conflictos por el abastecimiento?

La subvención a la harina cuesta más de Bs 1.000 millones anuales. EMAPA compra la bolsa de 50 kilos a Bs 500 y la entrega a Bs 109 a dirigentes de los panificadores, que hacen pingües negocios con ese «gran favor» estatal. Además, el subsidio no llega a todo el país. Santa Cruz jamás obtiene ese beneficio y, curiosamente, en esta región no existen los dramas en torno al pan que se viven en otros distritos.

Bolivia debe revisar todas sus subvenciones, desde los carburantes hasta la harina, y evaluar alternativas eficientes. No tiene sentido mantener precios artificiales mientras faltan dólares, escasean los productos y se deterioran las finanzas públicas.

El Estado no es generoso cuando reparte dinero ajeno. Mucho menos cuando utiliza ese dinero para sostener un sistema que perjudica a quienes dice proteger. Bolivia no puede seguir eligiendo el suicidio.

El Estado no es generoso cuando reparte dinero ajeno. Mucho menos cuando utiliza ese dinero para sostener un sistema que perjudica a quienes dice proteger. Bolivia no puede seguir eligiendo el suicidio.