Hay que agradecerle a Kylian Mbappé sus quince segundos de sinceridad involuntaria. Al llamar dictador, al genocida chino Mao Zedong, el futbolista francés terminó ofreciendo una lección de política y economía que vale mucho más que cualquier tratado sobre el régimen de Pekín. Bastó una broma para que la televisión estatal amenazara con retirar los partidos del Real Madrid, tres empresas rompieran sus contratos publicitarios y el aparato diplomático chino saliera a defender el honor nacional. Bienvenidos a China, donde hasta el fútbol debe arrodillarse ante el Partido Comunista.
En China, el mercado es libre mientras no
contradiga los intereses del poder. Cuando alguien incomoda al régimen,
aparecen las sanciones, las amenazas y la maquinaria de intimidación. La
libertad comercial tiene límites muy precisos: los que establece el Partido
Comunista.
China ha conseguido que muchos confundan su
éxito industrial con la superioridad de su sistema político. Sus ciudades
modernas, sus fábricas gigantescas y sus avances tecnológicos deslumbran a
quienes creen que producir y exportar mucho equivale a ser capitalista. El
capitalismo no consiste simplemente en fabricar mercancías y venderlas al
mundo. Exige propiedad privada protegida, seguridad jurídica, competencia y límites
al poder político. Cuando el Estado puede intervenir arbitrariamente, castigar
a una empresa por razones políticas y subordinar los derechos individuales a
sus objetivos, estamos ante otra cosa.
Pekín aprendió a utilizar las herramientas del
mercado sin renunciar al control autoritario. Aprovecha la apertura comercial
de Occidente, sus inversiones y su tecnología, mientras conserva mecanismos de
intervención estatal que le permiten favorecer sectores estratégicos,
condicionar a las empresas y utilizar el acceso a su enorme mercado como
instrumento de presión.
Europa conoce el dilema. Sus empresas dependen
de proveedores chinos y de un mercado gigantesco; sus industrias compiten con
productores respaldados por políticas estatales, subsidios y ventajas que no
siempre encuentran equivalencia en las economías occidentales.
Donald Trump ha hecho de la contención de
China una prioridad con una pregunta de fondo: ¿puede Occidente permitir que
una potencia autoritaria acumule poder económico y después lo utilice para
imponer obediencia?
Mao fue responsable de una catástrofe humana
de proporciones gigantescas. Que su figura siga asociada al poder político
chino debería bastar para desconfiar de quienes presentan ese régimen como un
modelo de libertad económica.
China, al fin, ha quedado retratada en estos
quince segundos: una potencia capaz de conquistar mercados, pero también
dispuesta a convertirlos en instrumentos de presión. Admirar su capacidad
productiva no obliga a admirar su régimen. Y abrirle las puertas al comercio no
significa entregarle las llaves de nuestra libertad.
En China, el mercado es libre mientras no contradiga los intereses del poder. Cuando alguien incomoda al régimen, aparecen las sanciones, las amenazas y la maquinaria de intimidación. La libertad comercial tiene límites muy precisos: los que establece el Partido Comunista.