Las elecciones de medio período en Estados Unidos son una suerte de referéndum sobre la gestión del presidente en ejercicio. Son contadas las excepciones recientes en las que quien manda sale bien librado. Lo lograron Bill Clinton (1998) y George W. Bush (2002). Barack Obama sufrió una derrota catastrófica en 2010 —los demócratas perdieron 65 escaños—, pero aun así pudo ser reelegido dos años después. Como han informado profusamente los medios y analistas, el Partido Republicano perderá representación en ambas cámaras, muy probablemente el control de la Cámara de Representantes y quizás también el del Senado. Donald Trump llega a las votaciones de mañana, martes —48 millones de personas ya votaron por correo, un récord para este tipo de comicios—, con un porcentaje de desaprobación del 60 %.
Cerca de 250 millones de votantes están
convocados a las urnas para renovar la composición total de la Cámara de
Representantes (435 escaños) y 35 de los 100 escaños del Senado. De estos 35,
22 están ocupados por republicanos y 13 por demócratas. En la Cámara de
Representantes, la relación actual es de 214 demócratas y 219 republicanos (hay
dos escaños vacantes). En el Senado, el partido en el poder tiene 53 escaños y
sus rivales, 45 (hay dos independientes).
El 44 % de quienes votaron por correo están
registrados como demócratas, el 31 % como republicanos y el 25 % como
independientes o vinculados a organizaciones minoritarias. La adscripción
partidaria no define necesariamente la decisión de los votantes. La mayor masa republicana
se moviliza el día de las votaciones, mañana. En Texas, tradicional feudo de
los partidarios del presidente, seis millones de ciudadanos anticiparon su
voto.
El nombre de Trump no está en las papeletas,
aunque él llama a votar como si su nombre estuviera en liza. Sea cual sea el
resultado, el presidente seguirá al mando, aunque posiblemente enfrentará
mayores dificultades que durante los dos primeros años de este segundo período,
no consecutivo, en la Casa Blanca. Importa saber cómo un resultado adverso
influirá en la política del Gobierno estadounidense hacia Venezuela.
El diplomático de carrera Brian Naranjo, quien
acumuló más de 30 años de experiencia en el Departamento de Estado y es un
amplio conocedor de Venezuela, donde fue subjefe de la misión diplomática en
Caracas entre 2014 y 2018, le comentó a César Miguel Rondón que hay tres temas
sobre los que los demócratas pondrán la lupa si se hacen con el control de la
Cámara de Representantes.
Esos tres temas son los siguientes: primero,
cómo está manejando Estados Unidos el flujo de caja de los recursos que recibe
el Departamento del Tesoro por la venta del petróleo venezolano, algo que
tampoco se sabe en Venezuela. Naranjo subraya que existe una disposición
constitucional que obliga a contar con la autorización del Congreso para gastar
dinero del Tesoro. Por ello, se pregunta dónde está la ley que explica cómo se
realiza ese gasto.
Segundo, el acuerdo petrolero binacional
suscrito con el Gobierno venezolano y la empresa Nabep, sin solicitar el apoyo
y el consejo del Senado. ¿Qué contiene este acuerdo?
Tercero, los ataques contra las lanchas que
presuntamente trafican con drogas, porque se trata de un tema sensible en el
ámbito de los derechos humanos.
Naranjo pronostica discusiones intensas y un escenario más complicado en la política estadounidense. Advierte que, como consecuencia de una probable derrota, la Casa Blanca se volverá aún más centralista. No tiene dudas de que la política que se está ejecutando hacia Venezuela continuará y considera que todavía es posible recuperar el apoyo bipartidista a nuestro país, que se mantuvo hasta hace unos años.