Tribuna

Chile nos menosprecia y el gobierno no dice nada

Chile nos menosprecia y el gobierno no dice nada
Carlos Guevara Rodríguez | Columnista
| 2026-11-03 07:32:20

El Gobierno justifica su intención de normalizar las relaciones con Chile con el argumento de que así se logrará un mayor desarrollo.

Antes de la reciente visita del presidente chileno, José Antonio Kast, el ministro de la Presidencia, Fernando Aramayo, utilizó el “empleo” para dramatizar los supuestos beneficios económicos de un acercamiento con Chile. Su mensaje implícito es que intentar conseguir una salida soberana al mar nos costaría puestos de trabajo. Por consiguiente, Aramayo parece anteponer el empleo a nuestra reivindicación marítima.

El problema de esta justificación es que las economías de Bolivia y Chile no son complementarias. Por el contrario, compiten entre sí. Ambas son principalmente productoras de minerales y productos agrícolas, e importan la mayor parte de los bienes manufacturados que consumen, especialmente los de mayor valor agregado.

Esto significa que la normalización de relaciones no representaría un beneficio económico particularmente grande para Bolivia, y mucho menos un aumento significativo del empleo.

A cambio de tan poco, se está debilitando nuestra reivindicación marítima, que ha sido el principal objetivo de la política exterior boliviana desde que Chile invadió y se apoderó de nuestro litoral hace 146 años, independientemente del Gobierno de turno.

Afirmar que la normalización de relaciones no significa renunciar a nuestra reivindicación marítima es un embuste (ver “El síndrome de Estocolmo en nuestra relación con Chile”, Los Tiempos, 28/03/2026, y “Los honestos, los ingenuos y los cínicos”, Los Tiempos, 31/05/2026).

Para Chile, la normalización de relaciones tampoco representa un beneficio económico significativo. Su interés tiene dos componentes. Primero, resolver problemas internos y coyunturales que son importantes para su Gobierno, especialmente por sus promesas electorales de terminar con la falta de control de la frontera con Bolivia, que se traduce en migración ilegal, criminalidad, contrabando de vehículos robados y tráfico de sustancias controladas.

Segundo, dar un paso importante hacia su objetivo de que la reivindicación marítima boliviana sea archivada, ojalá definitivamente.

Mientras tanto, la actitud de Chile hacia Bolivia no ha cambiado fundamentalmente. Un ejemplo es el tratamiento del cargamento de madera boliviana incautado en Arica por estar supuestamente contaminado con sustancias controladas.

Los informes de expertos contradicen la conclusión de las autoridades chilenas. Tampoco se encontró droga en cargamentos similares de madera en Brasil. A esto se suma la quema de la madera incautada en Chile, que impide comprobar posteriormente si existía contaminación. Estos elementos permiten cuestionar seriamente la acusación chilena.

Sin embargo, el daño ya está hecho. El presidente de la Cámara Nacional de Exportadores de Bolivia (Caneb) reportó pérdidas superiores a los 50 millones de dólares para el sector. Pero ese es apenas el perjuicio financiero inmediato. El efecto sobre las exportaciones futuras podría ser mucho mayor, porque la acusación alimenta las sospechas de los importadores sobre la posibilidad de que otros productos bolivianos estén contaminados con droga.

El daño también es reputacional. La falsa acusación de que la madera boliviana estaba impregnada de grandes cantidades de droga contribuye a asociar todavía más el nombre de Bolivia con el narcotráfico y el desprestigio internacional que eso supone.

El Gobierno boliviano justifica la conducta de Chile —y, en el fondo, su propia inacción— argumentando que la división de poderes del ordenamiento constitucional chileno impide que el Gobierno de Kast intervenga en un asunto que corresponde a la Fiscalía de ese país.

Lo que se omite es que el caso también compromete las relaciones internacionales de Chile, ámbito en el que el Ejecutivo tiene responsabilidades fundamentales. ¿Hubiera actuado Chile del mismo modo si el cargamento hubiera sido, por ejemplo, brasileño?

Incluso si se aceptara el argumento de la división de poderes, el Gobierno chileno pudo haber expresado su pesar por el perjuicio ocasionado a Bolivia y ofrecido colaboración para esclarecer los hechos cuando comenzaron a surgir dudas serias sobre la supuesta contaminación de la madera.

En cambio, optó por dejar que las autoridades locales de Arica manejaran el caso, incluida la quema de la carga. No hubo una señal pública de interés por proteger la relación bilateral ni por reparar el daño causado a Bolivia.

Antes de que aparecieran elementos que cuestionaban la acusación contra la madera incautada en Arica, el presidente Rodrigo Paz arremetió contra columnistas que criticaron al Gobierno por sus resultados en la lucha contra el narcotráfico. Los acusó de actuar por razones políticas y de perjudicar al país. Más allá de las motivaciones de esas críticas, lo cierto es que señalaban un problema que sigue afectando gravemente a Bolivia.

En cambio, cuando el Gobierno chileno no hace nada para demostrar su interés en esclarecer el caso de las falsas «narcomaderas» y reparar el daño ocasionado, la administración de Paz tampoco reacciona con la firmeza que corresponde.

La falta de respuesta ante el perjuicio causado a Bolivia, sumada a la desidia y al menosprecio que Chile ha demostrado en este caso, no solo resulta lamentable. Es una actitud vergonzosa y humillante.

Carlos Guevara Rodríguez - Economista

Carlos Guevara Rodríguez | Columnista