Mientras Rodrigo Paz no cambie el país, no modifique las leyes y no transforme las condiciones que hoy hacen de Bolivia un territorio hostil a la inversión, sus viajes al exterior serán un lujo demasiado caro para los bolivianos. Seguimos teniendo leyes masistas enemigas del capital, no hay una ley de inversiones, tampoco una nueva ley de hidrocarburos, la justicia sigue siendo la misma y el modelo económico continúa privilegiando al Estado, debilitando la iniciativa privada y sin garantizar el respeto a la propiedad. En esas condiciones, salir al mundo a buscar inversionistas es empezar la casa por el techo. Las empresas no invierten por una fotografía, un apretón de manos o una sonrisa presidencial. Mucho menos por promesas diplomáticas. Las respuestas amables que recibe Paz son, en buena medida, cortesías empresariales: nadie va a decirle en la cara que Bolivia todavía no ofrece condiciones para invertir. Antes de salir a ofrecer Bolivia al mundo, Paz debería comenzar por cambiarla. De lo contrario, sus giras serán turismo presidencial financiado por los contribuyentes.