Hace exactamente 110 años, Margaretha Zelle, una dama holandesa de 41 años, salía de la prisión de San Lázaro, en el centro de París, vistiendo un largo abrigo negro y un sombrero de ala ancha. Iba acompañada por dos monjas y su abogada hacia el destino final de aquella marcha, que no era otro que el lúgubre paredón donde un pelotón de fusilamiento acabaría con su azarosa existencia.
Diez años antes, esta mítica mujer tenía a las
capitales de Europa rendidas a sus pies como una legendaria femme fatale, conocida
por sus bailes exóticos, que le valieron el apodo de Mata Hari, expresión que
en indonesio significa «ojo del día». De igual forma, su arte y su talento le
granjearon amantes de toda laya, entre los que se encontraban ministros,
empresarios y militares de alta graduación.
Sin embargo, aquel ilusionante destino cambió
con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, al igual que su quimera de
seguir cautivando a toda Europa. Esos famosos admiradores ahora querían algo
más que sexo: querían obtener información que los ayudara a combatir al
enemigo. Es decir, querían que espiara.
Entretanto, hoy la historia se repite, primero
como tragedia y después como farsa tropicalizada. Si la Europa de la Primera
Guerra Mundial tuvo a Margaretha Zelle (mundialmente conocida como Mata Hari),
el Cono Sur contemporáneo nos ha bendecido con su propio spin-off o película
derivada de bajo presupuesto, protagonizada por Nadia Beller, bautizada por el
ingenio popular como la «Mata Hari criolla».
Aunque separadas por un siglo, un océano de
distancia y notables diferencias en el diseño del vestuario, ambas encarnan el
eterno arquetipo de la seducción utilizada como moneda de cambio en medio de
imperios que se trocan. Hoy, con el caso Cerimedo, nos encontramos frente a un
exótico gaucho que, al igual que el Caballero de la Triste Figura, blandiendo
el Escudo de las Américas y encomendado a eliminar la hidra castrochavista del
Foro de São Paulo y a su burdo engendro, el socialismo del siglo XXI, cayó, en
medio de un inminente colapso sentimental, ante los encantos de esa Dulcinea
del castrismo, que lo condujo a las ergástulas andinas de Chonchocoro. Así se
crea una suerte de paralelismo que resulta tan evidente como cómico.
Si en la época de la Mata Hari original la
contrainteligencia dependía de cartas interceptadas con tinta invisible y
telegramas cifrados, hoy todo se ha reducido a un consultor digital, granjas de
bots y filtraciones de metadatos.
Fernando Cerimedo demostró que, en la
geopolítica latinoamericana, ya no se conspira en oscuros salones con olor a
tabaco, sino en carpetas compartidas de Google Drive y mediante campañas de
desinformación masiva. El espionaje ya no es sensual: es algorítmico. Mientras
la Mata Hari clásica guardaba secretos en su memoria, la trama moderna los
almacena en discos duros que terminan en manos de la justicia de Brasil,
Argentina o Bolivia. La mística del espionaje internacional ha sido reemplazada
por capturas de pantalla de Telegram o metadatos.
Este melodrama de espías, algoritmos y
filtraciones ocurre con un telón de fondo inevitable: el inminente colapso del
socialismo del siglo XXI, un modelo que alguna vez pretendió exportar una
revolución perpetua para mantener financiada a la isla de Cuba con nuestro gas,
petróleo, minería ilegal, narcotráfico y otra suerte de malabarismos. En
cambio, hoy la isla se sostiene con alfileres, apagones energéticos y una
evidente paranoia institucional.
Mientras Margaretha engatusaba a oficiales
prusianos con coreografías místicas, Nadia demostró que en el siglo XXI no se
necesitan velos de seda; basta con saber moverse en las turbulentas aguas de
las transiciones políticas del altiplano y sus fronteras. Ambas entendieron el
secreto mejor guardado del poder: los secretos de Estado se discuten mejor con
la guardia baja, tal como hizo la Mata Hari criolla.