Dios te bendiga

Pacto de Sangre

Pacto de Sangre
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-11-06 00:08:00

“Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna”.

El hallazgo de pactos de sangre en los celulares de reclutadores del PCC es sumamente perturbador. Para una persona normal, resulta incomprensible que alguien firme semejante contrato, del que solo puede liberarse con la muerte. Mientras algunos están preocupados por los supuestos efectos nocivos de Halloween (que, para mí, es como rechazar la Navidad porque algunos la han comercializado con Papá Noel), estos pactos revelan la verdadera naturaleza satánica de estas peligrosas organizaciones. Su mismo nombre —Primer Comando de la Capital— implica la pretensión de acaparar el poder político para gobernar a los pueblos de la misma manera en que manejan su organización criminal.

Pregunté a Google AI sobre las motivaciones de los jóvenes que firman semejante pacto:

1. Pertenencia y “fraternidad”: El PCC opera internamente bajo la narrativa de ser una “familia” o hermandad. Para jóvenes que provienen de entornos desestructurados o de exclusión social, el proceso de “bautismo” de la banda les otorga una identidad, un estatus y un falso sentido de comunidad.

2. Falsa promesa de protección y soporte: La organización cuenta con un sistema de asistencia mutua muy estructurado. Los miembros saben que el grupo financia abogados, brinda ayuda económica a sus familias si caen presos y proporciona apoyo logístico, lo que genera una dependencia absoluta y un fuerte sentido de deuda moral.

3. Falta de oportunidades y ambición económica: La promesa de ingresos rápidos y el control de economías ilícitas (como el tráfico de armas y drogas) resultan sumamente atractivos en regiones vulnerables con altas tasas de desempleo juvenil. El PCC exige que sus integrantes se dediquen por completo a actividades criminales a cambio de poder y dinero.

4. Coerción y manipulación psicológica: Los reclutadores aprovechan la inexperiencia de los jóvenes. Una vez que el aspirante ingresa en la dinámica delictiva del grupo, el “contrato de sangre” se presenta no solo como un juramento de lealtad, sino también como una herramienta de terror psicológico para asegurar que nadie delate a la red, bajo la amenaza explícita de ejecución inmediata.

5. Ciberreclutamiento y modernización criminal: El PCC se ha adaptado a las lógicas transnacionales modernas. Utiliza redes sociales, aplicaciones de mensajería cifrada y formatos digitales (como el archivo del contrato hallado por la Fiscalía), que resultan familiares y atractivos para las audiencias más jóvenes y facilitan su captación a distancia.

Las dos primeras motivaciones indican el fracaso de nuestras familias y comunidades, e incluso de la Iglesia, ya que nos corresponde a nosotros brindar a los jóvenes una auténtica experiencia de familia, hermandad, protección, apoyo y pertenencia. No ayudan las políticas inspiradas en la ideología de género, que debilitan aún más a la familia y promueven una sexualidad promiscua, desligada de la formación de una familia.

La segunda y la tercera motivaciones apuntan a la eterna pobreza y al subdesarrollo de nuestras naciones, especialmente de Bolivia, que, a pesar de las promesas de una utopía socialista del “vivir bien”, canalizó grandes recursos hacia las manos de unos pocos, incluidos funcionarios corruptos y organizaciones criminales, en vez de administrar la economía con inteligencia.

La cuarta implica el fracaso de nuestro sistema educativo. Aunque Psicología forma parte del currículo educativo, no proporciona una ayuda real a los jóvenes, ya que primero deben aprender a leer con comprensión y a escribir con coherencia para poder enfrentar la manipulación psicológica de estos grupos con un auténtico sentido crítico.

La quinta también apunta al sistema educativo. Negar el uso de celulares, en vez de enseñar a utilizar las tecnologías modernas en el aula, solo convierte estos dispositivos en un irresistible fruto prohibido para los jóvenes, acompañado de las falsas promesas que provienen del Padre de la Mentira.

La combinación de estos factores con la realidad de las vidas destrozadas por la droga y la violencia hace que estas organizaciones merezcan el apelativo de narcoterroristas. Son traidores como Judas: te entregarán a la muerte con un beso por unas cuantas monedas. Sus reclutados disfrutan durante un breve momento de las fiestas y las riquezas del crimen, para luego descubrirse abandonados a su suerte, como el hijo pródigo cuidando cerdos, o asesinados sin piedad por una pequeña deuda o por la sospecha de una falta de lealtad.

“Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres” (Mt 24,28). Este dicho de Jesús describe perfectamente lo que sucede en Bolivia con las luchas de poder entre las mafias. Y aunque se presentan como amigos y mesías, estos maleantes son, esencialmente, buitres que viven de la muerte de los demás.

“Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes” (Lc 11,22). Jesús pronunció estas palabras cuando fue acusado de expulsar demonios con el poder de Belzebul. En realidad, Jesús es quien despoja a Satanás de sus armas, como las que utiliza el PCC mediante sus pactos de sangre y sus falsas promesas de paraíso. El opio de los pueblos no es la religión, sino la propia droga, que mantiene a las organizaciones criminales atrapadas en sus alucinaciones. Una auténtica relación con Jesucristo pone al descubierto toda su malvada falsedad.

Pero Jesucristo también nos invita a ser parte de un pacto de sangre: “Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados” (Última Cena). “No hay amor mayor que dar la vida por tus amigos” (Jn 15,13). Aunque muchos seguidores de Jesús se han convertido en mártires, Jesús no exige el martirio a nadie. Ofrece su propia vida para sacarnos de nuestro letargo, hipnosis y confusión, y encaminarnos hacia una vida digna y plena.

Querido lector, que Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista