Muchos ejemplos se pueden citar del hecho
de que, para muchos, la blasfemia y el escándalo son un negocio. Recuerdo, por
ejemplo, la conmoción que hubo en los años ochenta con Madonna, una de las
principales pioneras de este fenómeno. Aun así, como ya mencioné en artículos
anteriores, este fenómeno ha provocado una caída en el relativismo y ha
contribuido a que, de alguna manera, nos hayamos acostumbrado a él. Pero, como
Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13, 8), toca hablar de qué es la
blasfemia, para reavivar nuestra conciencia, saber cuándo un contenido es
blasfemo o no y determinar si nos conviene verlo. Hablaré de qué es la
blasfemia y cuáles son sus consecuencias.
Empecemos por lo básico: la definición.
La blasfemia es una falta grave cometida directamente contra la majestad divina
y todo aquello que se desprenda de esta, en virtud de la religión revelada por
Dios. Es también el acto de pronunciar contra Dios —interior o exteriormente—
palabras de odio, reproche o desafío; injuriar a Dios, injuriar la santidad de
las cosas o atribuir a las criaturas lo que corresponde a la divinidad.
Naturaleza teológica de la blasfemia
La blasfemia atenta directamente contra
el segundo mandamiento: «No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano».
Para la Iglesia, es un pecado mortal por su propio objeto (ex genere suo), ya
que atenta directamente contra la honra debida al Creador.
La blasfemia afecta al ámbito moral, ya
que la vida humana es sagrada. Es directa cuando se ataca o injuria a Dios, a
sus atributos o a la Trinidad, e indirecta cuando las injurias se dirigen a la
Santísima Virgen María, a los santos, a la Iglesia o a los sacramentos.
Jesús mismo dijo que la blasfemia contra
el Espíritu Santo es gravísima e imperdonable, ya que no se trata de un insulto
verbal común, sino del rechazo obstinado de la gracia y del perdón que Dios
ofrece, manteniendo la impenitencia final hasta la muerte. Tanto el Antiguo
como el Nuevo Testamento señalan la gravedad de la blasfemia en relación con el
hombre y el Nombre revelado.
En el Antiguo Testamento tenemos:
«Quien maldiga a su Dios llevará la pena
de su pecado. Quien blasfeme el nombre de Yahveh será muerto; toda la comunidad
lo apedreará» (Levítico 24, 15-16).
«No tomarás el nombre de Yahveh, tu Dios,
en vano, porque Yahveh no dejará sin castigo a quien tome su nombre en vano»
(Éxodo 20, 7).
«Acuérdate de esto, Señor: el enemigo te
injuria, un pueblo insensato desprecia tu Nombre» (Salmo 74, 18).
En el Nuevo Testamento:
Blasfemia contra el Espíritu Santo:
«Por eso les digo: todo pecado y
blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu
Santo no será perdonada. A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del
Hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le
perdonará ni en este siglo ni en el venidero» (Marcos 3, 28-29).
«Porque de dentro, del corazón de los
hombres, salen los malos pensamientos... la avaricia, las malicias, el engaño,
la lascivia, la envidia, la blasfemia, la soberbia, la insensatez. Todas estas
cosas malas salen de dentro y contaminan al hombre» (Marcos 7, 21-23).
«¿No son ellos los que blasfeman el
hermoso Nombre que ha sido invocado sobre ustedes?» (Santiago 2, 7).
En cuanto al magisterio, el Catecismo
desglosa el pecado de blasfemia principalmente en el apartado dedicado al
segundo mandamiento.
CEC 2148: «La
blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir
contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de
desafío; en hablar mal de Dios, en faltarle al respeto en los discursos, en
abusar del nombre de Dios. San Jerónimo dice: “Lo que se dice contra los santos
es blasfemia contra Dios”. La prohibición de la blasfemia se extiende a las
palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas».
CEC 2148 (continuación): «Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para encubrir
prácticas criminales, reducir pueblos a la servidumbre, torturar o dar muerte.
El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la
religión».
CEC 2149:
«Las maldiciones en que interviene el nombre de Dios sin intención de blasfemar
son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también
el uso mágico del Nombre divino».
CEC 1864: «No
hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a
acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de
sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante
endurecimiento puede conducir a la impenitencia final y a la perdición eterna».
Magisterio pontificio y Padres de la Iglesia
La bibliografía sobre este tema es
abundante y enriquecedora. Los pontífices y los Padres de la Iglesia han
abordado la blasfemia, observando tanto el daño espiritual que ocasiona a la persona
como la descomposición social que produce el desprecio por lo sagrado.
San Juan Crisóstomo (Homilías sobre
las estatuas, Homilía I):
«Puesto que la blasfemia es un crimen tan
abominable, haz esto: si oyes a alguien blasfemar en la calle o en la plaza
pública, acércate, repréndelo, y si es necesario darle un golpe, no vaciles.
Santifica tu mano con el golpe... Que sepan los judíos y los paganos que los
cristianos son los salvadores, los protectores, los gobernantes y los maestros
de la ciudad».
(Se trata de un texto con la retórica
propia de la Antigüedad tardía, empleado para remarcar el celo por el Nombre
divino).
Santo Tomás de Aquino (Summa
Theologiae, II-II, q. 13, a. 3):
«Si comparamos la blasfemia con el
homicidio, resulta que la blasfemia es un pecado más grave por su objeto, que
es el mismo Dios, mientras que el homicidio atenta contra el prójimo. Sin
embargo, si consideramos el daño inferido, el homicidio es mayor, porque quita
la vida al hombre, mientras que a Dios la blasfemia en nada le perjudica en su
ser».
Papa León XIII (encíclica Humanum
Genus, 1884):
«Es propio de los impíos insultar con
blasfemias audaces el nombre augusto de Dios, a quien los ángeles contemplan
con temblor y reverencia».
San Juan Pablo II (Dominum et
Vivificantem, 1986, n.º 46):
Respecto a la blasfemia contra el
Espíritu Santo, señala:
«La “blasfemia” no consiste propiamente
en ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, en cambio, en la negativa
a aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo,
que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz».
San Ignacio de Loyola (Ejercicios
espirituales):
«Debemos tener gran cuidado en no nombrar
el nombre de Dios nuestro Señor en vano ni para confirmar cosas de poca
importancia, sino con gran reverencia y temor reverencial».
San Gregorio Magno (Morales):
«El lenguaje blasfemo es como una flecha
lanzada contra una roca dura: no hiere a Dios, pero rebota y hiere mortalmente
a quien la disparó».
Santo Cura de Ars (San Juan María
Vianney):
«Si la blasfemia reinara en una casa, esa
casa perecerá. La blasfemia atrae sobre las familias la maldición de Dios».
Hay que asimilarlo: para la moral
católica, una blasfemia no es solo un exceso verbal, sino la manifestación
externa de un desorden profundo en la inteligencia y en la voluntad humana, que
invierte el orden del culto. Como seres humanos estamos llamados —hemos sido
creados, eso sí, con libre albedrío— a adorar y alabar a la fuente de todo
bien.
La blasfemia constituye la antítesis de
la oración y de la doxología. Su antídoto virtuoso es el acto de reparación, mediante
la alabanza, los actos de fe y la adoración al Santísimo Sacramento. De la
reparación hablaré en mi próximo artículo.
Dios con nosotros.