Tribuna

La blasfemia como negocio

La blasfemia como negocio
Javier Gómez - Religioso y periodista | Religioso y periodista
| 2026-11-07 05:00:00

Muchos ejemplos se pueden citar del hecho de que, para muchos, la blasfemia y el escándalo son un negocio. Recuerdo, por ejemplo, la conmoción que hubo en los años ochenta con Madonna, una de las principales pioneras de este fenómeno. Aun así, como ya mencioné en artículos anteriores, este fenómeno ha provocado una caída en el relativismo y ha contribuido a que, de alguna manera, nos hayamos acostumbrado a él. Pero, como Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13, 8), toca hablar de qué es la blasfemia, para reavivar nuestra conciencia, saber cuándo un contenido es blasfemo o no y determinar si nos conviene verlo. Hablaré de qué es la blasfemia y cuáles son sus consecuencias.

Empecemos por lo básico: la definición. La blasfemia es una falta grave cometida directamente contra la majestad divina y todo aquello que se desprenda de esta, en virtud de la religión revelada por Dios. Es también el acto de pronunciar contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, reproche o desafío; injuriar a Dios, injuriar la santidad de las cosas o atribuir a las criaturas lo que corresponde a la divinidad.

Naturaleza teológica de la blasfemia

La blasfemia atenta directamente contra el segundo mandamiento: «No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano». Para la Iglesia, es un pecado mortal por su propio objeto (ex genere suo), ya que atenta directamente contra la honra debida al Creador.

La blasfemia afecta al ámbito moral, ya que la vida humana es sagrada. Es directa cuando se ataca o injuria a Dios, a sus atributos o a la Trinidad, e indirecta cuando las injurias se dirigen a la Santísima Virgen María, a los santos, a la Iglesia o a los sacramentos.

Jesús mismo dijo que la blasfemia contra el Espíritu Santo es gravísima e imperdonable, ya que no se trata de un insulto verbal común, sino del rechazo obstinado de la gracia y del perdón que Dios ofrece, manteniendo la impenitencia final hasta la muerte. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento señalan la gravedad de la blasfemia en relación con el hombre y el Nombre revelado.

En el Antiguo Testamento tenemos:

«Quien maldiga a su Dios llevará la pena de su pecado. Quien blasfeme el nombre de Yahveh será muerto; toda la comunidad lo apedreará» (Levítico 24, 15-16).

«No tomarás el nombre de Yahveh, tu Dios, en vano, porque Yahveh no dejará sin castigo a quien tome su nombre en vano» (Éxodo 20, 7).

«Acuérdate de esto, Señor: el enemigo te injuria, un pueblo insensato desprecia tu Nombre» (Salmo 74, 18).

En el Nuevo Testamento:

Blasfemia contra el Espíritu Santo:

«Por eso les digo: todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este siglo ni en el venidero» (Marcos 3, 28-29).

«Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos... la avaricia, las malicias, el engaño, la lascivia, la envidia, la blasfemia, la soberbia, la insensatez. Todas estas cosas malas salen de dentro y contaminan al hombre» (Marcos 7, 21-23).

«¿No son ellos los que blasfeman el hermoso Nombre que ha sido invocado sobre ustedes?» (Santiago 2, 7).

En cuanto al magisterio, el Catecismo desglosa el pecado de blasfemia principalmente en el apartado dedicado al segundo mandamiento.

CEC 2148: «La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en hablar mal de Dios, en faltarle al respeto en los discursos, en abusar del nombre de Dios. San Jerónimo dice: “Lo que se dice contra los santos es blasfemia contra Dios”. La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas».

CEC 2148 (continuación): «Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para encubrir prácticas criminales, reducir pueblos a la servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión».

CEC 2149: «Las maldiciones en que interviene el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre divino».

CEC 1864: «No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la impenitencia final y a la perdición eterna».

Magisterio pontificio y Padres de la Iglesia

La bibliografía sobre este tema es abundante y enriquecedora. Los pontífices y los Padres de la Iglesia han abordado la blasfemia, observando tanto el daño espiritual que ocasiona a la persona como la descomposición social que produce el desprecio por lo sagrado.

San Juan Crisóstomo (Homilías sobre las estatuas, Homilía I):

«Puesto que la blasfemia es un crimen tan abominable, haz esto: si oyes a alguien blasfemar en la calle o en la plaza pública, acércate, repréndelo, y si es necesario darle un golpe, no vaciles. Santifica tu mano con el golpe... Que sepan los judíos y los paganos que los cristianos son los salvadores, los protectores, los gobernantes y los maestros de la ciudad».

(Se trata de un texto con la retórica propia de la Antigüedad tardía, empleado para remarcar el celo por el Nombre divino).

Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, II-II, q. 13, a. 3):

«Si comparamos la blasfemia con el homicidio, resulta que la blasfemia es un pecado más grave por su objeto, que es el mismo Dios, mientras que el homicidio atenta contra el prójimo. Sin embargo, si consideramos el daño inferido, el homicidio es mayor, porque quita la vida al hombre, mientras que a Dios la blasfemia en nada le perjudica en su ser».

Papa León XIII (encíclica Humanum Genus, 1884):

«Es propio de los impíos insultar con blasfemias audaces el nombre augusto de Dios, a quien los ángeles contemplan con temblor y reverencia».

San Juan Pablo II (Dominum et Vivificantem, 1986, n.º 46):

Respecto a la blasfemia contra el Espíritu Santo, señala:

«La “blasfemia” no consiste propiamente en ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, en cambio, en la negativa a aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz».

San Ignacio de Loyola (Ejercicios espirituales):

«Debemos tener gran cuidado en no nombrar el nombre de Dios nuestro Señor en vano ni para confirmar cosas de poca importancia, sino con gran reverencia y temor reverencial».

San Gregorio Magno (Morales):

«El lenguaje blasfemo es como una flecha lanzada contra una roca dura: no hiere a Dios, pero rebota y hiere mortalmente a quien la disparó».

Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney):

«Si la blasfemia reinara en una casa, esa casa perecerá. La blasfemia atrae sobre las familias la maldición de Dios».

Hay que asimilarlo: para la moral católica, una blasfemia no es solo un exceso verbal, sino la manifestación externa de un desorden profundo en la inteligencia y en la voluntad humana, que invierte el orden del culto. Como seres humanos estamos llamados —hemos sido creados, eso sí, con libre albedrío— a adorar y alabar a la fuente de todo bien.

La blasfemia constituye la antítesis de la oración y de la doxología. Su antídoto virtuoso es el acto de reparación, mediante la alabanza, los actos de fe y la adoración al Santísimo Sacramento. De la reparación hablaré en mi próximo artículo.

Dios con nosotros.

Javier Gómez - Religioso y periodista | Religioso y periodista