La visita del papa León XIV a tres países de Sudamérica se produce en un momento de profundas transformaciones políticas. El continente se encuentra en una suerte de reconstrucción, ante las nefastas consecuencias de dos décadas de populismo, intervencionismo y socialismo del siglo XXI. Es una Sudamérica distinta de aquella que recibió a los últimos pontífices.
Buena parte de las expectativas de la visita papal están puestas en el encuentro con Javier Milei. Algunos anticipan un cortocircuito como si la defensa de los pobres, la solidaridad y la doctrina cristiana fueran incompatibles con la libertad económica, el mercado y la iniciativa privada que defiende el presidente argentino.
La Biblia no predica la dependencia ni la resignación. La parábola de los talentos premia a quienes multiplican lo recibido y reprende a quien lo entierra por temor o comodidad. San Pablo es todavía más explícito: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma». El trabajo, el esfuerzo, la administración responsable y el desarrollo de las capacidades individuales forman parte de la tradición cristiana.
León XIII, en Rerum novarum, rechazó el socialismo por pretender eliminar la propiedad privada. Pío XI profundizó esa incompatibilidad en Quadragesimo anno, mientras Juan Pablo II, en Centesimus annus, identificó en el socialismo un error antropológico: subordinar a la persona a una maquinaria colectiva. No eran papas indiferentes a la pobreza. Defendían una sociedad donde el hombre pudiera trabajar, producir, prosperar y disponer legítimamente de los frutos de su esfuerzo.
¿Por qué, entonces, determinados sectores de la Iglesia latinoamericana terminaron tan próximos a la izquierda? La teología de la liberación incorporó categorías marxistas y confundió la liberación espiritual con la revolución política. Sacerdotes y religiosos llegaron a convertir el Evangelio en instrumento de movilización ideológica. La opción preferencial por los pobres terminó transformada en una adhesión a proyectos socialistas.
El resultado de esos experimentos está a la vista. Cuba, Venezuela y Nicaragua ofrecen ejemplos de autoritarismo, empobrecimiento, éxodo y destrucción institucional. Bolivia tampoco puede ignorar el costo de un modelo que convirtió al Estado en protagonista de la economía, debilitó la producción y alimentó dependencias políticas. La solidaridad cristiana no puede confundirse con la defensa de sistemas que terminan multiplicando la pobreza.
El Papa tiene autoridad moral para advertir sobre el sufrimiento de los sectores vulnerables. Pero no existe fundamento bíblico o doctrinal para condenar la iniciativa privada, la propiedad, el equilibrio fiscal o la reducción de un Estado que durante años ha vivido por encima de sus posibilidades.
León XIV llega a una región que necesita
reconstruir instituciones, recuperar la producción y devolverles protagonismo a
sus ciudadanos. Quizá sea una buena oportunidad para recordar que la Iglesia no
necesita ser de izquierda para defender a los pobres. Su misión no consiste en
prometer una salvación administrada por el Estado, sino en formar personas
libres, responsables, trabajadoras y solidarias.
La Iglesia no necesita ser de izquierda para defender a los pobres. Su misión no consiste en prometer una salvación administrada por el Estado, sino en formar personas libres, responsables, trabajadoras y solidarias. A Dios rogando y con el mazo dando: también esa es una lección que Sudamérica necesita recuperar.