“… dime cuándo, cuándo, cuándo, el año, el día y la hora en que quizás me besarás.”
Así empieza la famosa canción de Tony Renis
(1962), interpretada, al ritmo de bossa nova, por artistas como Pat Boone en
inglés o por José Guardiola en español.
Aplicado a la emergencia energética que
vive Bolivia, ese estribillo resuena todos los días en el nerviosismo de los
que preguntan cuándo “nos besará” de lleno la crisis; cuando se acabará el gas
y se sufrirán apagones del sector eléctrico. No se trata de mera curiosidad
sino de interrogantes existenciales de empresas e instituciones que intentan planificar
su futuro.
La respuesta que suelo dar, como miembro
del gremio de los quiromantes energéticos, empieza por matizar el alcance de la
pregunta. Para que estalle semejante crisis, lo relevante no es saber “cuándo
se acaba el gas”, sino cuándo se materializará su déficit, es decir, cuando la
demanda interna supere la oferta de la producción nacional. En ese momento,
Bolivia deberá importar gas.
De hecho, Bolivia padece ya un déficit de
diésel y gasolinas que se ve obligada a importar, incluso subvencionándolos.
Asimismo, estamos ante un inminente déficit de GLP, el gas de garrafa
indispensable en los hogares a los que aún no llega la red de gas domiciliario.
En cuanto a déficits futuros – de gas
natural y electricidad- prefiero inspirarme en los profetas bíblicos que
anunciaban desgracias condicionadas a un cambio de actitud: “si no os
convertís, os sucederá eso y lo otro”.
En ese sentido se debe interpretar la advertencia, incluso por parte de
autoridades del sector, de que, si se sigue haciendo lo mismo, el déficit de
gas llegará antes del 2030. La situación es aún más alarmante debido a que
cerca del 70% de nuestra electricidad se genera precisamente a partir
del gas. Por lo tanto, la pregunta crucial es qué se está haciendo para evitar
o, por lo menos, postergar esa cita trágica con el colapso energético.
Al respecto, suelo utilizar una metáfora
sencilla: el sector energético boliviano se apoya sobre dos piernas —la de los
hidrocarburos y la de la electricidad—. Hoy, la primera está gravemente enferma
y la segunda profundamente debilitada. Sin embargo, la terapia emprendida para
curarlas resulta desesperantemente lenta y confusas.
Percibo la pugna de dos almas dentro del
gobierno: la reformista, que busca revertir el estatismo asfixiante de los últimos 20 años, artífice del desastre
actual, y la “gattopardista” que se empeña en mantener el status quo,
reemplazando parcialmente a ejecutivos y beneficiarios de las empresas públicas
fracasadas -YPFB y ENDE a la cabeza-, pero dejando intactas la ineficiencia y
la corrupción heredadas.
El tiempo se agota. Es urgente aprobar nuevas leyes de
hidrocarburos y de electricidad, eliminar los subsidios, democratizar la
generación eléctrica y reconstruir la confianza para atraer inversión privada.
Mientras tanto continúa la disputa entre esas dos almas, de cuyo desenlace
dependerá la respuesta a la canción.
Desafortunadamente, esa ambigüedad no es
monopolio del gobierno. Del empresariado nacional se esperaría una actitud
liberal, anti monopólica y antiestatista. Sin embargo, lo que presenciamos en
el tema del etanol es el aprovechamiento oportunista del monopolio estatal para
imponer la compra y uso, obligatorio y desmesurado, de un producto que deja
dudas razonables sobre los posibles daños que podría causar a una mayoría del parque automotor boliviano.
En fin, más allá de las medidas preventivas
dictadas, que se parecen a un “sálvese quien pueda”, se extraña un Plan que
oriente la reactivación del sector energético con base en el desarrollo
sostenible de las energías renovables.
¿Cuándo, cuándo, cuándo?