El caudillismo en América Latina no es un mero fenómeno electoral; es un refugio psicológico. Amamos a los políticos con una devoción ciega e irracional, para luego condenarlos al abismo del odio cuando nos defraudan. Nos entregamos a la ilusión del mesías: ese líder providencial que promete salvar al país, derribar imperios y castigar a nuestros enemigos, todo sin que a nosotros nos cueste un solo gramo de esfuerzo personal.
En su obra “Los diez mandamientos del siglo XXI”, Fernando Savater expone con lucidez por qué la ciudadanía tolera y hasta exige las mentiras de la clase política. La gente no busca la verdad, incómoda y exigente; busca la ilusión de que el progreso llegará gratis. Preferimos una fantasía confortable antes que asumir la responsabilidad cívica que exige una democracia real. Dejamos que nos engañen porque queremos creer.
Este comportamiento revela una distorsión profunda de la relación entre el ciudadano y el Estado que deriva indefectiblemente en la concentración del poder y en la fe ciega depositada en un individuo que termina corrompido.
En una sociedad libre e institucionalizada, un político no es un mesías, un vengador ni un dios. Es el primer mandatario: la persona que recibe el mandato de servir, el primer obligado a cumplir la ley y el sujeto a un poder estrictamente limitado. Su labor no es regalar milagros, sino garantizar el marco de libertad para que cada individuo trabaje, emprenda y construya su propio destino dentro del Estado de Derecho.
Lo contrario es endiosarlos y de esa manera nunca tendremos líderes auténticos. Queremos que los políticos sean omnipotentes y discrecionales, olvidando que son simples mortales propensos a la corrupción. Al no fiscalizarlos desde el primer día, les otorgamos un poder absoluto que inevitablemente termina erosionándolos a ellos y destruyendo al país.
El resultado de esta dinámica pasional es la volatilización de la política latinoamericana. La adoración sin límites se transforma, tarde o temprano, en desprecio absoluto. En Bolivia, Evo Morales pasó de ostentar un capital político incalculable y ser aclamado como el salvador indiscutible a convertirse, en menos de dos décadas, en una figura acorralada y desprovista de su hegemonía. En Perú, el ciclo es casi metronómico: presidentes que asumen como héroes populares terminan, sin excepción, procesados o en prisión. Adoramos a nuestros líderes hasta echarlos a perder.
Es absurdo que una sociedad que se pretenda civilizada siga admitiendo el mesianismo. La experiencia demuestra una regla de oro: los políticos son mejores cuando están vigilados. Funcionan mejor cuando su poder está restringido por leyes, contrapesos y procedimientos estrictos, obligándolos a recurrir a la creatividad y a la competencia institucional para organizar la sociedad. Cuando el poder es limitado y controlado, el político no solo sirve mejor a su país durante su gestión, sino que al dejar el cargo puede conservar un liderazgo legítimo, respetado y exitoso dentro y fuera de la vida pública.
Para romper con la tara del caudillismo debemos dejar de amar a los políticos. Es momento de tratarlos como lo que verdaderamente son: empleados públicos temporalmente contratados, bajo sospecha permanente y sujetos a la ley.