El show de Bad Bunny en el entretiempo del Super Bowl fue leído antes y después con lentes equivocados. Muchos apostaron a que sería un acto de confrontación política, un desafío directo a Donald Trump y a la narrativa dominante en Estados Unidos. Después del evento, algunos insistieron en ver mensajes ocultos de rebeldía o protesta. Nada de eso ocurrió, porque el espectáculo no fue político en el sentido panfletario del término, sino cultural, económico y profundamente integrador.
Lo primero que hay que aclarar es algo básico: el evento no lo organiza Bad Bunny sino la NFL. Bad Bunny no “se toma” el Super Bowl; es contratado como el principal producto cultural latino del momento. Es marketing puro, calculado y estratégico. La NFL, uno de los símbolos más potentes de la identidad estadounidense, está buscando incorporar a los latinos como público objetivo, porque los números mandan: los hispanos y latinoamericanos son hoy el grupo inmigrante más importante de Estados Unidos y el español es el segundo idioma más hablado del país.
El show, lejos de negar a Estados Unidos, lo reafirma. La imagen es clarísima: la bandera estadounidense al centro, rodeada de banderas latinoamericanas. La cultura latina no aparece como algo externo o invasor, sino como parte constitutiva de la América contemporánea. Una América más amplia, más diversa y, le guste o no a algunos sectores, irreversible.
El cierre con “God bless America” está en plena sintonía con la tradición política y cultural estadounidense, incluso con la narrativa de Donald Trump. No hay burla, no hay ironía, no hay doble lectura subversiva. Hay un reconocimiento y una afirmación. Bad Bunny no le habló a la Casa Blanca; le habló a los latinos que viven en Estados Unidos, que trabajan, consumen, votan y celebran su identidad sin renunciar al país que los acoge.
Quienes vieron en el “unidos somos más” un llamado a la confrontación se equivocan de nuevo. No es un “unámonos contra Estados Unidos”, sino un “unámonos con Estados Unidos”. Es una reivindicación de pertenencia, no de ruptura. En el fondo, el mensaje encaja más con la actual geopolítica estadounidense que con cualquier discurso antisistema: por primera vez en décadas, Estados Unidos ha vuelto a mirar a América Latina con interés estratégico, de manera polémica pero muy aceptada y la mejor prueba es que casi todos celebran la captura de Nicolás Maduro y la presión que se ejerce hoy sobre la dictadura cubana.
Claro que hay sectores de la cultura tradicional estadounidense molestos por el avance latino. Pero el mercado es más inteligente que las ideologías. Lo demostró Hollywood y la industria de la música cuando de manera masiva incorporaron figuras hispanas a sus catálogos. ¿Y ahora quién se queja por Jennifer López, Salma Hayek, por Cristina Aguilera o Gloria Stefan?
El Super Bowl no fue un campo de batalla ideológico, sino un puente. Fue la demostración de que la cultura latina es la respuesta a la vitalidad que Estados Unidos busca recuperar. No hubo confrontación, sino una postal de integración económica y social.
El Super Bowl fue una postal del presente: latinos felices, visibles, integrados, celebrando en el escenario más emblemático de Estados Unidos. No fue un mensaje de confrontación, sino de pertenencia. Y, en ese sentido amplio y profundo, no solo Estados Unidos, sino todo el continente estuvo implícito en la consigna final: Dios bendiga América.